Opinión
En ocasiones, veo muertos

Pedri es el líder de la selección española / EFE
Bulgaria, Georgia, Turquía… ¡A sufrir! Y no por el resultado, que eso (entre nosotros), me la trae al pairo. Actualmente, cada parón de selecciones me parece más una lotería de lesiones, que una oportunidad de gloria; una maldita ruleta rusa donde el tambor del revólver contiene distintas balas en forma de esguince rotuliano, elongación lumbar o rotura fibrilar…
Y mientras nosotros pagamos, los rivales quedan a la expectativa de ver retornar a alguno de los nuestros cojeando por los pasillos de un aeropuerto. La primera razón es obvia: el calendario. Un puzle diabólico donde meter partidos de selecciones es como meterle más y más peso a un barco que ya hace aguas a babor y estribor. Después está la magia de esos encuentros exóticos contra rivales cuya mayor amenaza son las irregularidades de un campo más desigual que un patatal de Noirmoutier, famosa región por sus tubérculos, y la fatiga mental de viajar por medio continente para enfrentarte a selecciones cuya mayor motivación es acabar el partido, y correr hacia Lamine Yamal o Pedri para cambiar su camiseta…
Mientras tanto, en Barcelona, los culés sufrimos cada caída al suelo de nuestros chicos como si fueran pequeños derribos de nuestro Estadi. Sin mencionar la identidad: ¿qué pinta un jugador formado en La Masia, educado en el valor, único y singular, del respeto por el balón, jugando para una federación que respira 'madridismo' en todos sus órganos de control y que a veces parece más interesada en sus guerras internas y enfrentamientos con la LFP que en la excelencia? Si a todo eso sumamos el hecho de que los parones interrumpen el ritmo competitivo del equipo, desinflan las dinámicas ganadoras y alimentan la ansiedad de los entrenadores, el resultado es un cóctel perfecto para que el Barça deje de ser el Barça por unas cuantas semanas al año.
En resumen: que uno sigue soñando con un mundo ideal e irreal donde podemos enviar postales de cortesía a Louzán y De la Fuente con un “muchas gracias, pero no vendremos”. El disparate está servido. Es una cuestión de sentido común, de evolución del fútbol y su espectáculo, de cargas en las piernas de nuestros jugadores, de salud deportiva y, por qué no decirlo, de una sensibilidad culé a las antípodas de la que ellos representan. Que se enfaden conmigo los patriotas de escaparate. Me la pela. Mientras braman, nosotros estaremos demasiado ocupados intentando que el equipo llegue a mayo sin que nadie muera. Y es que, como dijo el tierno Haley Osment en -Sexto Sentido-: “En ocasiones, veo muertos…”
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