Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | Tuercebotas

El mourinhismo explicado a los jóvenes

Joan Laporta y Ronald Koeman, con un Barça en reconstrucción, fueron el hazmerreír del madridismo hasta que el equipo blanco se encontró con la derrota y ha decretado el regreso al 'mourinhismo'

Arbeloa, dando instrucciones a Camavinga antes de saltar al terreno de juego, en el Albacete-Real Madrid de Copa

Arbeloa, dando instrucciones a Camavinga antes de saltar al terreno de juego, en el Albacete-Real Madrid de Copa / SPORT.es

«Como el señor Mourinho me ha permitido llamarle Pep, yo le llamo José. La Champions de fuera del campo ya la ha ganado, se la regalo, que se la lleve a su casa y que la disfrute. (…) En esta sala él es el puto amo, el puto jefe; no quiero competir con él ni un instante. (…) Puede creerme a mí o seguir leyendo a Alberto, o creer a los amigos de la Central Lechera de Florentino». Esta es, sin duda, una de las frases más famosas de Pep Guardiola en una rueda de prensa. La pronunció en las semifinales de la Champions de 2011 entre el Real Madrid y el Barça en plena tormenta de clásicos. Esos cuatro duelos consecutivos (final de Copa, Liga, semifinales de Champions) se consideran como el momento álgido del duelo entre el Barça de Pep Guardiola y el Madrid de José Mourinho.

El nombramiento de Álvaro Arbeloa como entrenador del Madrid ha traído de regreso el mourinhismo. Este hecho en sí ya es un elogio al Barça actual: el mourinhismo fue la reacción de Florentino Pérez al dominio indiscutible del Barça de Leo Messi. Mourinho fue fichado para acabar con lo que se preveía una larga hegemonía. Esa es la primera característica del mourinhismo: el reconocimiento de inferioridad ante el Barça. Mourinho llega al banquillo después de intensos duelos (deportivos y verbales) contra el Barça en el banquillo del Chelsea y del Inter de Milán, planteados con el mismo patrón: agresividad que roza la violencia (Del Horno vs Messi), fortaleza defensiva (Eto'o de lateral), transiciones veloces, asedio al árbitro y espectáculo en la rueda de prensa (teatro del bueno). Guerra total, por todos los medios, en la que Chelsea e Inter de Milán salieron a menudo victoriosos: 10 partidos jugados, 4 victorias del Barça, 3 del Chelsea y 3 empates, pero dos eliminatorias ganadas por Mourinho frente a una eliminación.

Un relato

El mourinhismo no solo eran resultados deportivos, sino también un relato. El portugués fue ayudante de Bobby Robson en el Barça, pero a pesar de su pasado azulgrana demolía el relato del buen juego de los azulgrana, tal vez porque a Robson le criticaron el mal juego de su Barça. Mourinho, y con él el Madrid y lo que Guardiola llamaba la central lechera, construyeron un relato en el que el Barça jugaba sucio (teatreros, ayudados por los árbitros), aburrido y con falsos valores de deportividad (la colonia que meaba Guardiola). El Madrid y su entorno se convirtieron en una excepción mundial en su repulsa visceral a Guardiola y a Messi, que aún hoy persiste.

Hace muy poco, anteayer, el Barça presidido por Joan Laporta y entrenado por Ronald Koeman era el hazmerreír del madridismo. Arruinado, con una plantilla cara, de calidad justita y perdido Messi, auguraban una decadencia como la del Milán y una era de dominio blanco con cracks rutilantes como Mbappé. Y, sin embargo, cuatro años después, el Madrid se planta en una final contra el Barça, la pierde y se va contento a casa porque no ha sido goleado. Y tras la derrota, regresa el mourinhismo 2.0, que solo puede explicarse a quienes no lo vivieron de una forma: la reacción de un equipo inferior a la temida hegemonía de uno superior.