Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Lluís Carrasco

Lluís Carrasco

Colaborador de SPORT.

Mirando el fútbol de reojo

Lamine Yamal, durante un entrenamiento de la selección española de fútbol este jueves en la Ciudad de Fútbol de Las Rozas

Lamine Yamal, durante un entrenamiento de la selección española de fútbol este jueves en la Ciudad de Fútbol de Las Rozas / EFE

Hay fines de semana que son un castigo en forma de parrilla televisiva. No porque falten partidos, que haberlos haylos, sino porque a falta de Barça, te imponen “selección y España”. Y para un catalán culé, eso no es un matiz: eso es pasar del “fricandó amb moixernons” al pan duro. Del vértigo al bostezo. De la pasión al hastío.

Malditas selecciones. Un calvario donde el narrador te habla de valores y emociones que tú no experimentas y en el que no puedes dejar de mirar de reojo a tu chaval, a ese que te da la vida cada domingo y hoy, vestido de rojo, rezas para que no vuelva con el tobillo hecho un mosaico de Gaudí.

Pero tranquilos, que el partido es “para probar cosas”. Cosas, dicen… Sí, nuestra paciencia, nuestro pulso y nuestra capacidad de insultar en silencio ante cualquier choque fortuito. El culé, que vive instalado entre la ilusión y la sospecha, se ve de repente siguiendo partidos que no le dicen nada, goles que no cambian nada y transiciones o coberturas de chicos de La Masía con jugadores que ni sabes dónde juegan, ni te importa un carajo. Y entonces pasa lo peor. Que, sin Liga, sin VAR y sin ese fuera de juego semiautomático que tanto nos entretiene, levantamos la cabeza y miramos a nuestro alrededor.

Error.

Porque lo que hay fuera del verde no es precisamente un rondo. Es un mundo que compite en despropósitos: un Trump en modo desatado, un Netanyahu haciendo geopolítica de vértigo y escalofrío, conflictos enquistados que parecen dirigidos por el VAR de la política -tarde, mal o nunca- y un petróleo que sube con más ímpetu que Cubarsí. Todo muy estimulante. Ideal, vaya…

Ahí es cuando uno entiende la trampa. Quizá sí, quizá el fútbol sea el famoso opio del pueblo. Pero bendito opio. Porque nos permite discutir durante horas si era penalti a Lamine, si el árbitro es un sospechoso habitual o si el sistema está en nuestra contra -que lo está- mientras evitamos pensar en lo demás.

El problema no es el fútbol. El problema es cuando no está. Porque cuando nos quitan a esos chavales de blaugrana (todos peinaditos igual con los costados bien rapados), nos dejan solos con la mísera realidad. Y la realidad no tiene repeticiones, no admite recurso y, lo peor de todo, no hay manera humana de alterarla cambiando de canal.

Así que sí: vuelvan pronto Pedri, Bernal, Fermín y Lamine a poner orden en nuestras prioridades. Vuelva la Liga, vuelvan las polémicas y vuelva esa maravillosa sensación de que lo realmente importante es si el Madrid recorta distancia, o no lo hace.

Lo otro… lo otro ya si eso.