Opinión

Colaborador de SPORT.
¿Es el Metropolitano o... Alcatraz?

Julián Álvarez se ejercita bajo las órdenes del Cholo esperando a resolver su futuro / AFP7 vía Europa Press / AFP7 vía Europa Press
Julián Álvarez tiene una sensación jodida: la de estar encerrado contra su voluntad. No hay barrotes ni vigilantes, no hay torres de vigía ni focos tubulares, no hay pastores alemanes rondando la alambrada por las noches… pero sí un contrato que el Atlético enseña mezquinamente como las llaves de una celda. Su único y poco convincente argumento: “Hay una firma”. Magnífico. Si se analizan, revisan, y hasta se rescinden, firmas en tratados internacionales, contratos comerciales, convenios colectivos de miles de trabajadores, acuerdos bélicos de alto el fuego y hasta de matrimonios con Dios Nuestro Señor como testigo, ¿no se va a poder estudiar y hasta discutir la firma de un deportista? No me hagan reír…
La firma importa, pero jamás debe ser una condena a cadena perpetua. Existen mercados, y en esos mercados, precios independientes, compartidos y aceptados, y cuando éstos no tienen sentido, han de poderse consultar y, naturalmente, discutir. De no ser así, pasaríamos a hablar de reos, no de profesionales. Y ni el Metropolitano es la isla marsellesa de If, ni Julián Álvarez es Edmond Dantés, Conde de Montecristo. El argentino quiere al Barça y el Barça quiere a Julián. Eso no convierte el deseo en un derecho, desde luego que no, pero sí en una realidad que requiere sentido común y diálogo.
Una cosa es proteger un contrato y otra muy diferente utilizarlo como reja. Si un futbolista se siente privado de libertad y tu respuesta se limita a enseñarle la firma, estás aceptando un abuso antinatura parapetado en una simple razón administrativa. Eso convierte a Gil Marín hoy, en el desalmado alguacil gestionando (con la parte más baja de la espalda) la bronca en el patio de la institución. Y es que, puedes lucir y pasear el maldito contrato y su firma, pero jamás retendrás la ilusión de quien, no queriéndote, necesita volar.
Por eso la solución no consiste en sacar el contrato del cajón cada mañana como si fuera una orden de alejamiento sentimental. Consiste en poner números sobre la mesa, estudiar fórmulas y negociar. El Barça pagará lo que corresponda. Julián asumirá lo que corresponda. Y el Atlético decidirá si quiere ganar una batalla de papeles o gestionar la penosa realidad en la que se ha metido y de la que ya no se puede esconder. Porque una firma puede obligar a cumplir unas condiciones. Lo que no puede hacer es obligar a querer. Y cuando el apego y el amor desaparece, convertir el contrato en una prisión, no recupera al preso. Solo consigue que, más tarde o más temprano, el carcelero termine cenando solo.
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