Opinión
Ni contigo, ni sin ti tienen mis males remedio

Florentino ha prescindido de Xabi Alonso en poco más de medio año / EFE
Contigo porque me matas y sin ti porque yo me muero. La canción de Emilio José me viene al pelo para bajar el balón al suelo con el tema Xabi Alonso. A Florentino Pérez, al que los entrenadores no le gustan -igual que tampoco soporta a los directores deportivos y a los secretarios técnicos- la figura del tolosarra la acogió con el morro torcido. Y el entrenador, aceptando lo que había sin dar un golpe en la mesa desde el día 1 pidiendo lo que consideraba que necesitaba.
El presidente blanco, que funciona con un excel del siglo pasado, aceptó no muy convencido a este hombre que llegaba de Alemania con cierta modernidad por bandera y éxitos conseguidos. Aquel Bayern Leverkusen que tanto gustó no tenía en sus filas a galáctico alguno. El mejor aceptaba sin rechistar las indicaciones de Alonso y el resto, le seguían a ojos cerrados. Llegar después a un vestuario con semejante firmamento de estrellas, cada uno de su padre y de su madre y sin haber catado título alguna la temporada anterior, era un proyecto muy alejado del germano. Pero Xabi firmó y Pérez aceptó. Y viceversa. Ambos se necesitaban aún cuando no se convencían. La crónica de un divorcio, y una muerte futbolística, anunciada.
De aquel día de junio a este martes 13 en el que escribo este artículo han pasado muchas cosas y muy pocas buenas. La vida, una perpetua paradoja, colocó al Barça en los tres momentos más importantes del paso de Xabi Alonso por el equipo merengue. La victoria en el clásico apenas se celebró porque Vinicius acaparó los focos con su inaceptable comportamiento tras el cambio y la cúpula de la entidad optó por apoyarle. Semanas más tarde, un culer como Pep Guardiola le recomendó “mear con la suya” y el colega le respondió “tú ya sabes lo que hay”. La figura del catalán horroriza en la Casa Blanca y esa complicidad enervó a Florentino. Y el tercer capítulo fue esa final de Supercopa en la que el presidente no soportó dos cosas: el planteamiento de equipo menor y comprobar como la plantilla seguía a Mbappé cual flautista de Hamelin y dejaba ‘colgado’ a su míster cuando les pedía hacer el pasillo al Barça. Sentenciado desde hacía semanas, este último capítulo fue definitivo. Y aquí ¿paz?y después ¿gloria? No parece.
Y aterriza Arbeloa, que ya se había trabajado los despachos en tiempo y forma y que sus siete meses como técnico del Castilla no son aval para entrenar a semejante trasatlántico, llega para decir amén a todo y conseguir que Vinicius renueve para que no se vaya sin dejar un euro en la caja. Porque de fútbol no habla nadie. Ni el que se va, ni el que llega ni, por descontado, el que manda. El sistema o el estilo es el de darse golpes en el pecho, decir a grito pelado que ellos son el Real Madrid, trabajar poco porque son casi divinos y lo único importante es ganar. Este es el catecismo blanco, antiquísimo, con el que va a rezar un Bernabeu que ha señalado a los jugadores, no a Xabi Alonso. Hay males que no tienen remedio porque la fórmula magistral ha caducado.
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