Opinión
Esa maldita comida de navidad

Raphinha, pieza clave para que el Barça recupere la alegría y el buen juego / Valentí Enrich / SPO
¡Ay, Diciembre...! Ese mes entrañable plagado de comidas de empresa en el que todos fingimos adorar a compañeros que en realidad no soportamos, mientras devoramos croquetas y calamares industriales en restaurantes donde la calefacción funciona bastante mejor que la cocina. Mes en el que decidimos encerrarnos tres horas en un comedor ruidoso, viendo al jefe explicar de nuevo lo del “año de consolidación e inicio del crecimiento sostenido” mientras alguno reza para que una sencilla ensalada substituya esa fideuá congelada de color inquietante, con allioli “chovi” de sabor alimonado.
Empresa, comida y festividad: una mezcla de charlas ruidosas, cava barato y la sospecha permanente de que el de “Recursos Humanos”, al fondo de la mesa, nos observa demasiado. Pero este año, queridos culés, el universo ha querido compensar semejante penitencia navideña con un milagro inesperado: el menú degustación del FC Barcelona. Sí, ese menú que llevaba meses cocinándose como los propósitos de Año Nuevo, pero que ahora, por fin, parece servirse de verdad y con delantal francés hasta los tobillos, como en los sitios finos.
Y de repente, el equipo recupera el juego y todas sus piezas, como si Flick hubiera encontrado también las figuritas, sin las que el pesebre no tenía sentido, esas que quedaron detrás del microondas y, que de pronto, hacen que la escenografía vuelva a ilusionarnos. Porque una cosa es aguantar a Alexandra, la más guapa del departamento de ventas cantando el Merry Christmas de Mariah Carey después del tercer vino, y otra muy distinta es ver cómo el Barça empieza a jugar como los ángeles del portal de belén, encadenando notas que parecen sinfonías y goles que huelen a estrella Michelin.
Mientras tú luchas por fingir interés en la anécdota interminable del de contabilidad, el Barça te regala un fútbol que ¡milagro!, no empacha, sino que te hace salivar. Y así, entre canapé y canapé, te descubres pensando que quizá la temporada no estaba perdida, que tal vez el equipo solo necesitaba dos cosas: identidad, y sacrificio. Y llegará la navidad, y ésta nos recordará que el verdadero placer, jamás se sirve en bandejas de acero inoxidable. Sí, tendrás que soportar la comida de empresa, las bromas chorras y el brindis absurdo. Pero este año podrás hacerlo con una sonrisa secreta. Porque mientras masticas un sospechoso canelón, el Barça -por fin- pone de nuevo en la mesa, caviar 000. Un menú degustación que, por una vez, compensa todas las indigestiones del año. Y eso, admitámoslo, es la magia de la navidad.
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