Opinión
Un Madrid de penalti y marca blanca
Sobar el parche de las 15 Champions no funciona cuando se carece de calidad, algo recurrente en el club que dirige un Arbeloa que vive en la Tierra Media

Kylian Mbappé y Luiz Felipe se encaran durante el Real Madrid - Rayo. / Associated Press/LaPresse / LAP
Lo que sucedió en el Estadio da Luz en el Benfica - Real Madrid representa mejor que ningún otro partido en lo que se ha convertido el equipo más ganador del fútbol europeo. Una escuadra que ha perdido el sentido grupal del juego al que logró quitarle el sentido este siglo con una secuencia ganadora que se explicaba, sobre todo, por la calidad de sus protagonistas.
Existe una sobreestimación de la plantilla que, bajo el liderazgo precario de Arbeloa, quien dice no ser Gandalf el blanco, ha perpetuado sus vicios. El madridismo pasa del autoengaño a la división, preso de la confusión que le provoca ver a un grupo de futbolistas que no ha entendido nada de lo que representan la camiseta y el escudo que llevan. Todos, salvo la afición, están faltando a su palabra con lo que debe ser un tanque reducido a triciclo.

Arbeloa: "Tampoco soy Gandalf el Blanco. Para ganar cada partido no nos hace falta solo la calidad" / Real Madrid TV
El primero, un entrenador que ha convertido la idea atávica del madridismo en una marca blanca que no entiende a un vestuario al que La Décima y la mística le suenan a batallitas históricas. Tan solo una mínima parte, como Carvajal, Courtois o Vinicius, es realmente parte de las 15 estrellas que luce un parche sobado cuando el fútbol no funciona. Por eso es normal que Güler ponga el grito en el cielo cuando se le sustituye antes de tirar un córner. El culmen de la huida hacia adelante.
No es creíble el arrepentimiento de un Madrid reincidente al que ya no le salva correr más que el rival. Lo que podía ser un problema de actitud se ha convertido peligrosamente en una falta de aptitud que no corregirá ninguna pitada. Frente al Rayo, volvieron al Bernabéu los abucheos, nacidos de la impotencia. Solo queda el derecho a la pataleta, que es más civilizado que el silencio cómplice que se promueve desde un sector empeñado en blanquear a la institución, que intenta vestir la crítica de disfraz ultra. Cuando lo radical es pensar que todo se arregla simplemente con dominar el relato.
Los hay que todavía buscan en el pasado un sentido a la temporada, recordando el camino de equipos anteriores que después lograron triunfar en Europa. Como el de la Séptima. La tradición de pensar que lo bueno todavía puede venir a través de unos mantras que tapan una mala planificación deportiva y una peor gestión de los recursos existentes.
A quien madruga, Dios no siempre le ayuda
Saltan estas semanas los highlights de Camavinga, que se perdió en el músculo para convertirse en un jugador que, en la última jugada contra el Benfica, decide mandar un balón al averno. Otros se preguntan cuál es exactamente el rol de Ceballos en esta plantilla, si es que lo tiene. A pesar del protagonismo que cobró en el triunfo agónico frente al Rayo.
El Madrid nunca se permite el lujo de pensar y construir, un verbo este último que condenó a Xabi Alonso, al que compararon con Benítez por el simple hecho de querer ir más allá de unos resultados que, cuando dejaron de acompañarle, terminaron en su cese. Poca meritocracia y mucha alevosía, como cuando se equiparó a Arbeloa con Zidane sin tan siquiera verle dirigir un entrenamiento. La exageración como bandera de un castillo tempestuoso.
Ahora, el foco está en ver cuánto madruga el salmantino, quien llega antes de las 7:00 a Valdebebas para ver si es capaz de despertar a un equipo adicto a la gloria efímera. La que le lleva a tirar por tierra cualquier idea a medio plazo. Ya puede venir Emery, Klopp o Mourinho, al que más de uno ha vuelto a respetar después de retratar a un equipo que no está herido en el orgullo. Porque para eso, primero hay que tenerlo.
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