Opinión
En el Madrid mandan todos menos Xabi Alonso

El entrenador del Real Madrid, Xabi Alonso, durante la final de la Supercopa de España contra el FC Barcelona. / EFE
Hay imágenes que valen más que mil palabras y gestos que desvelan la realidad. Una realidad más deprimente de lo que se intenta hacer ver. Tras un partido entretenido, una final divertida con un gran equipo eléctrico y uno pequeño encerrado, llega el momento de las celebraciones y galardones.
Por un lado los blaugranas repletos de felicidad se abrazan y cantan, por el otro lado los blancos observan desolados la alegría ajena, sabedores de que una vez más, a pesar de estrellas millonarias y campañas de presión, son derrotados por un equipo de jugadores –en gran parte– de la casa, de una familia que se quiere y que entiende perfectamente el rol de cada uno de sus actores.
Todo dentro de lo normal; derrotados contra vencedores. Felicidad contra desolación. El deporte tiene esto, que cuando gana uno, pierde el otro. Si bien es verdad que este juego que nos gusta tanto llamado fútbol no destaca por el respeto y la clase, hay momentos donde toca demostrar el señorío y cumplir ciertas normas no escritas del buen perdedor.
Y ayer, estos que chulean orgullosos en su himno de dar la mano cuando pierden, demostraron no estar a la altura ni respetar el mínimo y elemental de estas leyes no escritas. Es justo en ese momento, en el de demostrar la cortesía mínima, que se destapa la realidad ingrata de un vestuario tan lleno de millones como de ego; varios jugadores se dirigen a hacer el pasillo, a dar la mano a los rivales que acaban de alzar la copa, con ellos el entrenador, quien a priori lleva el timón del grupo.
Pero no es así, la tan importante jerarquía que se desmorona en todos los ámbitos de esta sociedad moderna, también lo hace en un vestuario blanco roto por completo. De repente dan media vuelta envalentonados y arengados por Mbappé, persona a quien quienes lo conocen le atribuyen amabilidad y humildad. Ayer demostró todo lo contrario.
Lo preocupante no es solo el mal perder, ese gesto tiene una lectura aún más tenebrosa; su entrenador, quien debe mandar en el grupo, al ver la petición de su estrella ayer estrellada, baja la cabeza y cumple el mal deseo de este, evidenciando que quien comanda la plantilla no es quien debería, y que en el vestuario, pese a tener los poderes para hacerlo, quien manda es otro. O otros, en plural.
Y así se destapa el trasfondo de este Real Madrid sin timón ni timonel. Un Real Madrid que últimamente gana poco y que cuando pierde ni siquiera sabe hacerlo. Muchas estrellas y muy pocas luces.
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