Opinión
El Madrid ganó el Clásico, sí, pero no la Liga

Lamine Yamal durante el Real Madrid-Barça de LaLiga 2025/26 / Valentí Enrich
Que el momento más emocionante de un Clásico sea una penosa tangana en el minuto 99 indica que ni Barça ni Madrid están en su mejor momento. Lo que evidenció el partido es que los dos equipos transitan hoy por una zona gris, y ninguno de los dos sabe muy bien todavía hacia dónde va.
El Madrid de Xabi Alonso ha mejorado netamente al del último año de Ancelotti, aunque está lejos de tener un sello de identidad propio: le basta la pegada brutal de Mbappé y un medio campo ramplón con mucho físico, pero exhibe una escasa capacidad de dominar.
El Barça, en contraste, está en trayectoria descendente: su línea defensiva se ha vuelto extremadamente vulnerable, y no da el salto hacia adelante esperado tras el gran primer año de Flick. En realidad, juzgamos a Barça y Madrid en relación a lo que fueron el pasado curso, y en la comparación el Madrid sale sin duda ganando.
Pero si hacemos un análisis frío y quirúrgico del clásico, veremos que el Madrid ganó seguramente con justicia, pero justito y a los puntos, y el Barça, que jugó una pésima primera parte, fue de menos a más, terminó siendo amo y señor del encuentro, y con menos bajas hubiera podido empatar fácilmente.
Es decir, el Barça perdió el Clásico, pero no ha perdido la Liga. El Madrid ganó a su eterno rival, pero no le sometió, ni mucho menos le dejó heridas psicológicas de consideración. El partido es aritméticamente útil para los blancos, porque logran una ventaja considerable de cinco puntos, pero ni es el punto de inflexión que algunos soñaban en Madrid ni mucho menos permite invertir el relato que impuso el Barça el año pasado.
Quizás el único que sale algo mal parado del partido es Lamine, que tendrá que aceptar que siempre es mucho mejor hablar en el campo que hacerlo fuera, aunque sus palabras se hayan sobre amplificado por un madridismo impaciente por erosionar la imagen de la joven estrella blaugrana y hacerle pagar su espectacular irrupción en el olimpo del fútbol.
Efectivamente, Lamine estuvo semidesaparecido en el Bernabéu y se le vio algo superado por la presión absurda que él mismo se puso encima con sus palabras a 48 horas del partido, pero ahora es más necesario que nunca recordar que tiene solo 18 años y que no pueden castigarse como pecados mortales lo que en realidad son pequeñas faltas veniales derivadas de su inexperiencia.
En realidad, lo que tiene que aprender Lamine es lo mismo que sus compañeros de generación: a la cima del fútbol solo se llega con mucho esfuerzo, tiempo y sacrificio. Pero sería bueno no sacar las lecciones de quicio ni abusar de la autoflagelación.
El Barça y Lamine perdieron una oportunidad en el Bernabéu de seguir creciendo, pero ni es el fin del mundo ni han perdido todavía absolutamente nada. Nos encantan los dramas apocalípticos, pero olvidamos, por poco atractiva, una verdad terriblemente aburrida: en el intrascendente mes de octubre casi nunca se decide nada.
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