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Joan Vehils

Joan Vehils

Director.

Madrid estalla el día que Messi toma Cornellà

Leo Messi, durante un evento en la Casa Blanca

Leo Messi, durante un evento en la Casa Blanca / DPA vía Europa Press / DPA vía Europa Press

Leo Messi ha vuelto a irrumpir en la escena. No para hablar de Laporta, ni del Barça, ni siquiera del Mundial. Lo hizo para anunciar la adquisición de la Unió Esportiva Cornellà, un club del área metropolitana de Barcelona que milita en Tercera RFEF y que, de golpe, ha pasado a ocupar titulares en todo el planeta. La noticia corrió como la pólvora, disparó el interés global por el Cornellà y volvió a colocar a Messi en el centro del foco futbolístico.

El impacto del movimiento va más allá de lo simbólico. La operación refuerza la idea de que Messi no ha desconectado ni un solo día del ecosistema futbolístico catalán y que su vínculo con Barcelona sigue siendo profundo y activo.

En ese contexto, el Barça haría bien en leer el mensaje sin resentimientos. Porque a estas alturas resulta difícil de entender que una figura capital en la historia del club siga sin una relación normalizada con su club. Ha llegado el momento de dejar atrás una polémica innecesaria y asumir con naturalidad que cada paso de Messi en Cataluña tiene una carga futbolística, emocional y también institucional.

Caos en el Madrid

Cuando el Real Madrid cae en la Champions se activa una crisis. Y esta vez no han hecho falta ni 24 horas para que se disparen las dudas en todas las direcciones.

Se cuestiona el liderazgo presidencial, se discute la figura del entrenador y aparecen voces que ponen en tela de juicio la continuidad de sus estrellas. El clima es el de las grandes derrotas. Nervios, reproches e incógnitas.

Esa es la gran diferencia con el Barça. El club azulgrana tiene carencias, necesita refuerzos y sigue lejos de la fiabilidad europea que exige su historia. Pero, al menos, transmite la sensación de estar intentando construir algo. En el Madrid, en cambio, empieza a instalarse una impresión más preocupante. La de un equipo sin rumbo, sin proyecto y sin una figura en el banquillo capaz de sostener el relato cuando llegan los golpes.

Y es que dos temporadas sin responder a las expectativas son una señal de alarma. Una tercera, en un club como el Madrid, sería un fracaso de consecuencias imprevisibles.