Opinión

Subdirector.
Un Madrid desquiciado tira la temporada a mitad de curso

Guler celebra su primer gol en Múnich
En una eliminatoria de altísimo voltaje, el Real Madrid se quedó fuera de la Champions. Fue una manera digna de cerrar la temporada, porque el equipo blanco dio la cara en Múnich. Pero al fin y al cabo, fue una manera de cerrar la temporada. A mediados de abril. Demasiado pronto para un equipo que, desde el fichaje de Mbappé, aspiraba a todo y amenaza con quedarse con (casi) nada. A Arbeloa le quedará la misión de dirigir a un equipo que ya desconectará, con sus futbolistas pensando en el Madrid. Adiós a la Copa, adiós a la Liga y ahora, adiós a la Champions.
Sin embargo, todo lo que el Madrid construyó a lo largo de 80 minutos, lo sepultó al final: primero, con la absurda expulsión de Camavinga, que vio la segunda amarilla por una chiquillada. Y después del pitido final, rodeando al árbitro para protestarle, como si el colegiado fuese responsable de la eliminación. Hubo jugadores, como Bellingham, que se dedicaron a protestar más de lo que se habían dedicado a jugar. El Madrid debería hacerse mirar su relación con los árbitros: no solo en España, también en Europa.
También conviene poner el foco en jugadores como Vinicius: si uno aspira a ganar el Balón de Oro, debe aparecer en partidos importantes. Aparecer de verdad, no solo para quejarse o hacerse la víctima en cada balón dividido. Vinicius -su rol en el equipo y su comportamiento- pide a gritos un debate profundo.
Al Madrid hay que reconocerle al menos una virtud: sabe leer los partidos de Champions. No es un detalle menor: los árbitros dejan jugar más, se pitan menos faltas: por lo tanto, hay más espacio para el choque, para el duelo físico. Un equipo que sabe acoplarse a esa manera de pitar tiene mucho ganado (al Barça, por ejemplo, le cuesta mucho más). La Champions premia a los equipos sólidos y penaliza a los delicados.
Obligado por las circunstancias, Arbeloa sacó toda la artillería: Guler, Vinicius, Mbappé, Brahim y Bellingham, juntos en la alineación, con Valverde como único sostén medianamente defensivo. O puerta grande o enfermería. Le salió enfermería, aunque bien es cierto que pocos podrán reprocharle su intento de ganar el partido.
No está de más agradecer a Bayern y Madrid el espectáculo que ofrecieron. También es buen momento para subrayar que, como ocurre en Eurocopas o Mundiales, hay un torneo antes de la fase eliminatoria y otro, después.
Y el de después es mucho más interesante, pura electricidad, emoción de verdad, sin maquillaje. ¿Habría alguna manera de que partidos así, eliminatorios, a vida o muerte, fueran más frecuentes? ¿No sería bueno reducir partidos de liguillas o de grupos y apostar decididamente por eliminatorias? La vieja Copa de Europa era así: eliminatorias directas desde el principio. Cara o cruz. Es imposible volver a aquello, pero no estaría de más rescatar el espíritu con el que nació este torneo, el de los partidos que se jugan al filo del abismo, sin retrovisor ni prudencia. Es el fútbol que realmente engancha al espectador.
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