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Opinión

Javier Giraldo

Javier Giraldo

Subdirector.

Un Madrid sin cintura y un Arbeloa sin ideas

Arbeloa: "Nos jugamos la vida en cuatro días"

Arbeloa: "Nos jugamos la vida en cuatro días" / LALIGA

Vinicius jugó un partido, Mbappé jugó otro y el Madrid, un tercero. Cada uno por su cuenta. El equipo de Arbeloa sigue siendo un equipo extraño, irreconocible, plagado de jugadores extraordinarios pero muy deslavazado. Una colección de jugadores, más que un equipo. Por momentos, el Madrid se rompió por la mitad en Pamplona, fruto de una alineación realmente 'frankestein' de su entrenador. Vinicius y Mbappé en punta, pero por detrás de ambos, solo Güler como futbolista capaz de crear algo de juego. El resto, puro cemento.

Nunca necesitó el Madrid enamorar con su juego para ganar. No es esa la cuestión que preocupa al madridismo. El club y el equipo siempre ha sido eminentemente resultadista, pero tampoco estaría de más que alguien, en el club o en el vestuario, se sentase a analizar los problemas futbolísticos que arrastra el equipo. En El Sadar, el Madrid fue un equipo de cemento: rígido, sin cintura, sin flexibilidad para adaptarse a lo que pedía el partido; un anciano desubicado en una fiesta de adolescentes.

Es demasiado obvio resaltar lo que tantas veces se ha dicho: desde que se fueron Kroos y Modric, al Madrid le falta un director de orquesta. Y el equipo lo nota: en Pamplona perdió el partido con todo merecimiento. Nunca estuvo ni siquiera cerca de ganar.

Arbeloa, por su parte, sigue tomando decisiones ciertamente incomprensibles. La alineación titular fue difícilmente digerible, con mucho más músculo que talento. Cuando quiso corregirse, dando entrada a Brahim, Ceballos o Gonzalo, el partido ya estaba tan desenfrenado que no hubo sitio para ellos. Menos aún para Gonzalo, que actuó como extremo derecho, posición surrealista para un jugador especialista en rematar a puerta todo lo que le llega.

La derrota retrató al Madrid y sobre todo, a su entrenador. No es la primera que sufre Arbeloa, pero es quizá la menos perdonable: en Albacete, tenía la excusa de que era un recién llegado. En Lisboa, el asunto era reconducible. Pero en Pamplona, ¿qué excusa tiene el entrenador del Madrid?

Vinicius, como es costumbre, volvió a ser protagonista: marcó el gol del empate, que devolvía al Madrid al partido. También vio una amarilla por protestar. Así es Vinicius, un jugador de contrastes, tan capaz de encandilar con sus regates como de sacar de quicio a compañeros y rivales.