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Jordi Alba y Luis Enrique, durante su etapa en el Barça

Luis Enrique confirma que era personal

OPINIÓN

Ivan San Antonio

@sanantheone

Luis Enrique dijo a Mónica Marchante tras el Atlético-Dortmund que Jordi Alba está a un gran nivel, “como siempre, eso no ha cambiado”. Tres días después, el seleccionador incluye, después de dos ausencias, al lateral del Barça en la convocatoria de la selección española. El técnico negó siempre motivos personales para explicar su desaparición, pidiendo al aficionado que acepte el pulpo, pero que, de todas formas, se lleva el ‘scattergories’. Eso no es chantaje, eso es burlarse de los seguidores de la Roja y anteponer manías personales a intereses comunes.

Luis Enrique no ha rectificado, como le pedía Piqué, porque para rectificar es imprescindible asumir que antes te has equivocado. Y el técnico no reconocerá el error porque, en realidad, no lo ha habido. Lo de Jordi Alba ha sido un castigo, el que impone el profesor al alumno díscolo que pasa de los deberes, que distrae a sus compañeros y copia en los exámenes. Alba ha pasado por lo mismo que pasó Piqué, expulsado de clase y obligado a rascar banquillo al inicio de la primera temporada de Luis Enrique en el Camp Nou. La misma disciplina férrea que ejerció el asturiano con Víctor Vázquez o Gai Assulin en el Barça B. Es su manera de demostrar quién manda, quién es el líder. El castigo a quien se sale de la línea es un método antiguo del que hoy reniega cualquiera que tenga un mínimo conocimiento sobre pedagogía porque obliga a obedecer a base de palos, echando mano del poder jerárquico que da la posición del que castiga. El castigo enseña a obedecer y a agachar la cabeza, pero el respeto, parafraseando al filósofo Sergio Ramos, hay que ganárselo, nunca imponerlo. El propio Luis Enrique entendió quién mandaba en el Barça cuando quiso castigar a Messi. Y a Messi ni siquiera le hizo falta abrir la boca.

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