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Cruyff, en una imagen de archivo

Las ideas de Cruyff no se encierran en una vitrina

OPINIÓN

Ernest Folch

@ErnestFolch

Un año después de la muerte de Cruyff, podemos decir que la trágica noticia que nos conmocionó hoy hace justo un año sirvió al menos para que quedara definitivamente fijada su dimensión universal. Los cuatro gatos que todavía luchaban sin éxito para minimizar su figura quedaron en evidencia ante el alud de dolor, solidaridad y emoción que se propagó por el mundo entero aquel inolvidable 24 de marzo de 2016.

La primera constatación, tras aquel tsunami, es que el partido de la eternidad también lo ha ganado Cruyff, como no podía ser de otra forma y su nombre se asocia para siempre al de la mayor revolución que se ha producido jamás en el fútbol, y específicamente en el Barça. Ya nadie va a discutir a partir de ahora esta obviedad: sin él no seríamos lo que somos. Como dice su hijo Jordi en la entrevista que preside este suplemento histórico, ni siquiera la remontada épica ante el PSG se entendería sin él y sin el profundo cambio cultural al que sometió al Barça en su día.

Pero un año después, asimilado el dolor y fijada su figura en el punto de la historia que merece, ha llegado el momento de reflexionar sobre su legado. Porque lo verdaderamente trascendente de su figura no es lo que hizo, sino lo que nos ha dejado. Y porque su herencia no fue concebida para quedarse en los libros de historia, sino para aplicarse con constancia y exigencia en el día a día del club.

Cruyff fue contracultural por la sencilla razón de que pensó, hizo y dijo siempre lo que le dio la gana, y es una evidencia que su figura es mucho más confortable puesta en una vitrina, callada y sin derecho a réplica que cuando estaba vivo y sus ideas molestaban al poder.

Los que no pudieron domarle en vida pueden ahora tener la tentación de domar sus ideas ahora que ya no está, y por eso hoy toca recordar que su ideario, aunque para algunos sea molesto, debe ser reivindicado, sacado de los memoriales y puesto en circulación.

En el plano futbolístico, ahora que el Barça busca nuevo entrenador, es el momento preciso para volver a recordar que lo único que hace a este club diferente de los demás es el ideario de Cruyff. 

En los últimos tiempos el Barça ha tratado con demasiada ligereza pilares tan básicos de la biblia cruyffista como la posesión de la pelota y la proyección de la cantera en el primer equipo, algo que le ha hecho parecerse demasiado peligrosamente al resto de equipos del mundo. 

Hay una ley fundamental del barcelonismo: cuanto menos cruyffista es el Barça, menos singular es. Pregúntense qué hubiera dicho Johan de algunos partidos en los que el equipo ha dejado de dominarlos o qué opinaría de que el club deje escapar a jugadores del B para fichar a otros por muchos millones de euros que no demuestran tener más nivel. La respuesta que nos daría, esta sí, es la que no señala el camino.

Más allá del fútbol, su figura tiene también una aplicación práctica en el día a día. Su filosofía nos invita a tener a partes iguales espíritu crítico y grandes dosis de imaginación para solventar los problemas de la vida. Un año después, es nuestra obligación convertir su legado en nuestra hoja de ruta.

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