Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Joan Vehils

Joan Vehils

Director.

Laporta, entre el liderazgo y la coartada

El presidente del Barcelona, Joan Laporta, antes del partido de la jornada 31 de LaLiga EA Sports que FC Barcelona y RCD Espanyol disputan este sábado en el Camp Nou. EFE/Enric Fontcuberta

El presidente del Barcelona, Joan Laporta, antes del partido de la jornada 31 de LaLiga EA Sports que FC Barcelona y RCD Espanyol disputan este sábado en el Camp Nou. EFE/Enric Fontcuberta / Enric Fontcuberta / EFE

Joan Laporta merece un elogio claro y sin rodeos por haber cumplido su promesa de devolverle al Barça algo que parecía extraviado entre ruinas económicas y mediocridad deportiva: la ilusión del barcelonismo. El equipo vuelve a transmitir hambre, ambición y futuro. Incluso después del golpe en Champions frente al Atlético, hay motivos para creer. La Liga es uno de ellos.

El Barça vuelve a tener un proyecto deportivo. Tiene una base reconocible, una columna vertebral joven, futbolistas diferenciales y un entrenador que, con sus pocos errores, ha sido capaz de exprimir a la plantilla por encima de lo razonable. Señalarle por unos cambios mal gestionados en el tramo final de una eliminatoria sería mezquino. Lo importante es que ha construido un equipo, aunque falte rematar la obra.

Es decir, volver a ganar la Champions. Sin duda, lo más difícil. Por tanto, habrá que afinar en los fichajes, resolver el futuro de algunos veteranos como Lewandowski, decantarse por la continuidad de Rashford o por fichar a otro delantero, exigir más a nombres como De Jong, comprobar si Araujo es capaz de recuperar el nivel que lo convirtió en un central de referencia y señalar la salida a quienes no han rendido según las expectativas. Deco tiene mucho trabajo.

Pero entre elogios y deberes hay espacio para un apunte. Porque Laporta, que acierta cuando lidera al club desde la ambición, se excede cuando lo empuja hacia la coartada. Una vez descargada la rabia contra árbitros, UEFA y demás “enemigos” de guardia, convendría volver al terreno de la responsabilidad. El Barça no puede instalarse en el lloriqueo permanente. Protestar, sí. Hacer ruido, también. Pero no es necesario convertir el agravio en argumento central.

El victimismo puede servir para agitar a los tuyos durante un rato, pero degrada la exigencia y rebaja la talla institucional del club. El gran Barça de Guardiola, y también el de Laporta, no necesitaba convertir sus escasas derrotas en una conspiración. La respuesta era jugar mejor que nadie. Ese debería ser el camino. Laporta ha hecho bien en devolver la fe, pero le queda trabajo por hacer. A un club grande no lo define la protesta constante. Para quejarse, ya están ahora los de Florentino.