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Lamine de diez, ¿recurso o evolución natural?

Lamine Yamal, ante el Eintracht

Lamine Yamal, ante el Eintracht / Dani Barbeito

Dos años y medio largos después de su debut en la élite, Hansi Flick decidió en La Cartuja que Lamine Yamal limpiara, junto a Pedri, el juego por dentro. Al 10, el míster le puso de diez, por delante del tinerfeño y cerca de Ferran Torres. Dio un recital. Al día siguiente, Jaume Marcet, un libro andante de La Masia, recordó un dato: durante los nueve años de Lamine en el fútbol formativo, sólo en una temporada - Juvenil A - actuó de extremo. El resto, siempre de falso nueve o de interior. Sin ánimo de comparar lo incomparable, a Lamine le va a acabar sucediendo lo que a Messi. Con el tiempo irá abandonando la linea de cal y se irá incrustando en la zona ancha. Ahí, cerca de los centrocampistas y del área rival, se le abre un escenario para crecer en el último pase y en el gol, uno de sus debes.

Si hablamos de estabilizar ese rol, tal vez haya que pensar en el medio o largo plazo. Por su uno contra uno, por el efecto imán que genera, por su capacidad para hipnotizar defensas y abrir espacios a los compañeros, y por la ausencia de un relevo claro, Lamine se mantendrá como extremo. La pregunta es: ¿hoy, puede ser una solución que se aplique más a menudo? Para mí, puede y debe serlo. Para atacar bloques bajos y cortos, como ante el Eintrach, detrás de Olmo - el mejor en el tercer escalón de la media -, viene Yamal. En el arte de recibir de espaldas, la gestión del espacio-tiempo, acelerar o pausar y en la finura para asociarse en espacios reducidos, Lamine anda muy por encima de Raphinha y Fermín, piezas más para pisar área que para hacer fútbol. Olmo no vuelve hasta enero. Hay que darle otra vuelta a esto.