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Opinión

De Jordi Culé al César

Joan Laporta, en el Spotify Camp Nou

Joan Laporta, en el Spotify Camp Nou / Dani Barbeito

Mientras el equipo devanea en Europa y saca, sin nota, su día a día en Liga, la afición sigue creyendo, a pies juntillas, en Flick. El teutón nos dio razones en su primera temporada para tener fe en él, aunque por algunas de sus reacciones en la banda, actualmente, él mismo parece haberlas perdido. Todo lo contrario, sucede en Madrid. Xabi Alonso, que mira demasiado a Barcelona, está perdiendo el crédito que ganó en Leverkusen con tres empates consecutivos en la competición doméstica ante rivales menores.

Aunque ya saben que miro más a los despachos, obsesión enfermiza de socio prudente. Allí, Laporta se parece cada día más a Jordi Culé. Un dibujo del líder carismático que llegó al Barça en su primera etapa. Tiene coña que el dibujo del gran Óscar Nebreda fuera un encargo de Jaume Roures y Tatxo Benet, por aquel entonces en TV3. Aquel forofo incombustible es el paradigma del actual gobernante. Aquel hincha que hacía una pedorreta a los rivales, como hace butifarras nuestro presidente. Hoy se pasa por el forro de la solapa lo que debería ser alarma en cualquier institución.

El entorno vive instalado en un estado de alerta permanente, cada semana, una noticia surrealista de lo que pasa dentro. Se rompe un dudoso acuerdo de patrocinio como quien despega un adhesivo. Y nadie explica por qué una compañía como Zero-Knowledge Proof sale por la puerta, como tampoco se analizó cuando entró. Se finaliza la alianza con un activo estratégico del país como CaixaBank, que debería ser un socio estructural, sin ofrecer una narrativa mínimamente sólida. Y, mientras tanto, planea la misma sospecha de siempre: que en cada patrocinio late la misma sombra de los intermediarios.

Mientras, las secciones languidecen. Dika Mem, ese joven que llegó hace una década y que ha sido el estandarte de la sección, parece que se marchará. Uno más. Lo hicieron Pérez de Vargas y lo hará Nielsen. Él es el tercero. Tres líderes. El balonmano, orgullo eterno, desde el 'fly' de Sagalés a pase de Serrano, pierde a su Messi con una resignación imperdonable. Las secciones están en desahucio, como el estado del Palau. Y si hablamos del Nou Camp Nou. Laporta pensó que la vuelta era un espaldarazo definitivo a su favor. Parecía que cerraba las dudas a la gestión de un caso más, el de Limak, esa constructora que no tendría que haber ganado nunca la construcción del estadio blaugrana y que ahora presume... ¿de qué?

El retorno al estadio era su éxito. Una ovación convertida en proyecto personal. Una comunión para su mandato. ¿Y si se vuelve en su contra? Como el Coliseo contra el César. El retorno es su espada de Damocles. Porque un estadio lleno no solo aplaude: también juzga. Se empieza a susurrar a menudo el 'Messi sí, Laporta no'. El equipo no está en su mejor momento, pero eso, por ahora, no influye. Sí que lo hace dejar bloqueados a miles de aficionados y pensar que con un email se resuelve en minutos. Eso es una temeridad. Abrir las puertas, aún más. Cada error cuesta más que el anterior. La confianza se desgasta. Y cuando se desgasta, no se repara con un comunicado o una disculpa.