Opinión
Los jardineros del Camp Nou

Lamine celebra su acrobático gol ante el Oviedo / Andreu Dalmau / EFE
El juego del Barça ante el Oviedo fue acorde con los meteoros de cada momento. Empezaba el partido con un cielo extrañamente despejado en estas semanas donde la lluvia –esa que hace unos meses parecía que había desaparecido para siempre– no ha dejado de caer por toda la península ibérica.
Durante los primeros minutos los jugadores tenían una actitud plácida como lo es una tarde soleada de invierno, pero tras la falsa bonanza, y ya con la tempestad asomando por detrás de Collserola, los blaugranas se activaron y empezaron a combinar eléctricamente entre ellos. Rayo por aquí, trueno por allá y golazo de Lamine Yamal.
De repente el diluvio universal; la enorme cantidad de agua –y granizo– escupen de sus asientos a los aficionados que tratan de escapar del resfriado asegurado y solo los más valientes se quedan a ver los últimos minutos empapados de los pies a la cabeza.
Tras el pitido final, empiezan a aparecer en los medios y las redes sociales las imágenes del interior del estadio repleto de goteras y cascadas varias, y, con ellas, la discusión y el debate de si es normal que ocurra en una obra a medio hacer o si es un avance de lo que nos espera.
Leo en el Periódico a Emilio Pérez de Rozas, que es uno de esos que escribe siempre lo que piensa sin importar gustar o no –una especie en extinción–, decir que lo ocurrido es una prueba más de la chapuza de la obra, cosa que, sin decirlo de esta manera, afirman también mucho entendidos de arquitectura y grandes construcciones. Yo creo que, aun siendo importante esperar a que lo tengamos entero para valorar, no va a ser tan malo como apuntan algunos ni tan perfecto como defienden Laporta y su directiva.
Es evidente que viendo el retraso y la necesidad de subcontratas para terminar ciertas partes del campo, la perfección, digamos, que no es lo que vamos a rozar. Mientras siguen las discusiones entre disidentes, palmeros y culés de todo el mundo, me fijo en un detalle: el césped. Y si en la capital tienen que pintar de verde sus carencias, el césped del Camp Nou, a pesar de los centenares de litros caídos en los últimos meses y la gran tempestad de granizo de esta tarde de domingo, está impoluto.
Es tal mi asombro y admiración, que, viendo el excelente trabajo de los jardineros, si pudiese elegirlos como los próximos presidentes del Club, lo haría sin pensarlo dos veces. Al final, los dirigentes tienen que hacer bien su trabajo, y, viendo la excelencia del tapete verde del Camp Nou, podemos confirmar que estos lo han hecho de diez. A las pruebas me remito.
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