Opinión | Tuercebotas
Infantino en todas las salsas
La presencia del presidente de la FIFA en la firma del acuerdo de paz de Oriente Medio muestra su apego a la adulación del poder

Infantino: "Todo el mundo será bienvenido" / Perform
Llamó mucho la atención esta semana ver a Gianni Infantino, presidente de la FIFA, en el acto de firma del tratado de paz en Oriente Medio que ha impulsado Donald Trump. El presidente de EEUU apareció en Sharm el-Sheij rodeado de líderes mundiales, fotos obligadas, gestos protocolarios, risas forzadas, reproches según el humor del autoerigido como gran pacificador del mundo. Trump fue poco diplomático, grotesco en ocasiones: los mandatarios fueron atrezzo, regañados, objetos de broma o elogiados según el guion improvisado de Trump. Infantino, allí, era parte de ese decorado. Aplaudiendo. Adulando.
Sharm el-Sheij, escenario habitual de cumbres internacionales, ha visto muchas ceremonias, muchas promesas. Pero pocas tan esperpénticas como esta, ni siquiera cuando Gadafi asistía con sus guardaespaldas amazonas. Dentro del esperpento diplomático, el jefazo de la FIFA no pintaba nada allí. Su presencia solo se explica por su condición de ser uno de los agasajadores de cabecera de Trump. Sin filtro, sin recato.
Infantino tiene una gran relación con Trump. Alabó públicamente los acuerdos del mandatario estadounidense sobre inversión en infraestructura para el Mundial e insistió en que el magnate favorecía “un mundo más conectado por el deporte”. En 2018, durante la Copa América en los Estados Unidos, Infantino agradeció al gobierno de Trump el respaldo logístico, las instalaciones, los apoyos fiscales. Trump, por su parte, presumió de esos elogios en Twitter, los convirtió en emblema de su política internacional. Esa complicidad silenciosa no es anecdótica, es estratégica para los dos. Cabe imaginar que el gusto de Trump por el fútbol como deporte es perfectamente descriptible.
Rusia, Qatar, Arabia Saudí
Infantino cultiva este tipo de amistades. Antes, mantuvo una muy buena relación con Vladimir Putin. Cuando Rusia organizó el Mundial 2018, no criticó el régimen ruso por la persecución política ni por los opositores encarcelados. En Qatar 2022, pese a las denuncias sobre explotación de trabajadores migrantes y mortales accidentes laborales, Infantino alabó los estadios y elogió la organización de las autoridades quatarís. Arabia Saudí ha recibido su bendición en múltiples ocasiones, Infantino visitó Riad, estrechó lazos con los príncipes que financian ligas, compra clubes, plantillas. Se asoma al golfo en busca de petrodólares a cambio de ‘sportwashing’.
Bajo el sol del poder y el dinero, la pelota se mancha. No importan los derechos humanos, la libertad, la democracia. Todo se minimiza, se silencia, se disfraza. Lo que importa es organizar un torneo hermoso, llenar estadios, vender camisetas, conseguir patrocinadores, recaudar derechos televisivos. Lo que ocurre tras bambalinas, lo que sufren los trabajadores, las minorías, las voces disidentes… eso es accesorio.
Con Infantino, el fútbol tal vez es más universal, más millonario, con mejores márgenes comerciales. Pero es menos democrático, menos ejemplar. Y su presidente, el perejil de todas las salsas, es el mejor ejemplo del oportunismo.
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