Opinión

Subdirector de SPORT
A Huijsen le queda grande el disfraz de villano y a Arbeloa le aprieta el chándal de entrenador

La entada de Huijsen sobre Antony / DAZN
Hay algo en el ADN del Real Madrid que parece obligar a sus centrales a actuar como si fueran los dueños de la finca, incluso cuando llegan tarde y mal. Lo de Dean Huijsen ante el Betis es el último ejemplo de un guion que nos conocemos de memoria, pero con un matiz: al joven internacional español el papel de villano le queda tres tallas grande. Burlarse de Antony llamándole "llorón" tras haberle dejado los tacos marcados es el gesto de alguien que quiere ser más papista que el Papa en el arte de la provocación.
A Huijsen le han debido de contar historias de Fernando Hierro, aquel capitán que repartía estopa con una mano y con la otra dirigía al árbitro. Hierro era contundente, sí, pero jugaba con esa "bula" invisible que solo da el escudo blanco; te intimidaba porque sabías que difícilmente vería la roja por lo mismo que tú te irías a la ducha. Huijsen ha copiado la dureza, pero le falta ese aire de general de brigada para que la provocación no parezca un berrinche de adolescente.
Incluso Sergio Ramos o Pepe, maestros en el noble arte de sacar al rival del partido por lo civil o lo criminal, tenían un método. Ramos te sacaba de quicio porque era el dueño del relato; Pepe te hacía el vacío porque su agresividad impune le hacía actuar sin mirar atrás. Lo de ellos era una guerra psicológica de alto nivel. Lo de Huijsen, en cambio, es la arrogancia del que se siente protegido por el entorno pero no tiene ni la mitad de la historia de los anteriores para respaldar su chulería.
El central madridista intenta heredar esa impunidad gestual que históricamente ha rodeado al club blanco, pero confunde el "estilo" de Hierro o Ramos con una inmadurez que roza lo patético.
Pero el problema no solo está en el césped, sino también en un banquillo que empieza a quemar. A Álvaro Arbeloa el chándal de entrenador del primer equipo le está apretando más de la cuenta. Está muy bien dominar las categorías inferiores y conocer la "casa", pero la élite no perdona la falta de variantes tácticas. El empate en Sevilla es una mancha que señala directamente a su gestión de los cambios y a la incapacidad de cerrar un partido que el Madrid debería tener bajo control.
Arbeloa tiene que demostrar que es algo más que un símbolo institucional y empezar a ejercer de técnico con soluciones reales si aspira por un pequeño resquicio a seguir el año que viene en el banquillo. No basta con apelar al escudo o poner cara de intensidad en la banda; la competición doméstica exige una regularidad y un respeto por los puntos que, de momento, no se ven por ninguna parte. Si el Madrid sigue tirando puntos mientras sus jugadores se dedican a hacer gestitos a la grada rival, la etapa de Arbeloa podría ser mucho más corta de lo que sus defensores imaginaban.
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