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Las goteras como síntoma

Joan Laporta aguantó como pudo tras la tromba de agua y granizo que cayó en el Spotify Camp Nou

Joan Laporta aguantó como pudo tras la tromba de agua y granizo que cayó en el Spotify Camp Nou / DZN

Ayer llovió. Mucho. En poco rato. Pero no fue el diluvio universal. El Camp Nou sufrió. Demasiado. Más por dentro que no por fuera. Es verdad, estamos en obras. Es lo que tiene entrar en una casa cuando no está acabada. Forzando. Por la razón que sea. Recuerden los plazos que se dieron. Y los que no se han cumplido. Viendo lo de ayer, los que no se cumplirán. No hacen falta goteras para saber que un edificio no está bien construido.

A veces basta con mirar las cosas. Las pequeñas. Las que parecen anecdóticas. Las que no salen en las fotos. Las que se tapan con chapa y pintura. El Barça hoy es eso: un edificio que sigue en pie, pero con los cimientos mal asentados. No hay mejor dualidad que la vista el domingo. En el campo se transmite ilusión. En la propiedad mal apalancamiento. El fútbol es solo fútbol. El club es la institución. Desde fuera puede parecer estable. Hay vida. Hay ilusión. Somos competitivos. En la superficie se transmite ilusión. De presente, pero sobre todo de futuro. Pero si bajas al sótano, si miras la estructura, si analizas los pilares, lo que encuentras no es solidez: es parche. Es improvisación. Es urgencia. Es huida hacia delante.

Un club no se define solo por lo que gana. Se define por cómo se gobierna cuando debe ser cauteloso con la gestión. Por quienes son los partners con los que se construye la institución. Qué gran analogía lo visto este domingo. Los socios que estuvimos en el estadio nos sonrojamos. Viendo a trabajadores sin papeles manifestarse fuera. Con goteras que eran cataratas dentro. Hay cosas que la actuación no puede esconder. Se ha normalizado vivir al límite. Se ha romantizado el riesgo. Operaciones límite. Decisiones límite. Fair-play al límite. Discursos límite. Todo es épica.

Como un heróico presidente mojado como un pato en el palco. Qué triste imagen. ¿Nadie pensó que un día podía pasar eso? Un club no puede funcionar como una apuesta permanente. No puede vivir hipotecando el mañana para sostener el hoy. Es una forma de hacer. Una manera de entender la institución. El Barça no es coto privado. Es un club de socios. Un bien colectivo. Una propiedad compartida. Una responsabilidad histórica. Cuando un club empieza a depender de intereses ajenos, de equilibrios frágiles, ya no manda su idea: manda su necesidad.

Y eso no se ve en el marcador. No se ve en la clasificación. No se ve en los títulos. El problema del Barça no es deportivo. No lo ha sido nunca. Sabemos cómo queremos jugar. Cómo queremos ganar. Se lo debemos a Cruyff. Se ve más allá de los partidos. Se ve en los contratos. En los acuerdos. En las concesiones. En las opacidades. En las medias verdades. En los silencios. En las urgencias. En las prisas.

El problema es seguir construyendo pisos encima sin reforzar los cimientos. Seguir decorando la realidad mientras la estructura sufre. Lo de ayer es más que un mensaje. Una prueba. Un test. Porque los edificios no caen cuando llueve fuerte. Caen cuando llevan años mal construidos.