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Golpe de realidad para el 'Mourinhismo' de garrafón

Álvaro Arbeloa, técnico del Real Madrid, observa el partido de Copa mientras cae la niebla entre el Albacete y el Real Madrid

Álvaro Arbeloa, técnico del Real Madrid, observa el partido de Copa mientras cae la niebla entre el Albacete y el Real Madrid / AFP7 vía Europa Press / AFP7 vía Europa Press

Lo de Albacete no es un tropiezo, es una caricatura. Álvaro Arbeloa ha tardado exactamente noventa minutos en demostrar que para ser Mourinho no basta con heredar sus enemigos, sus tics o ponerse un chándal; hay que heredar también su competitividad. El técnico salmantino se presentó en el Carlos Belmonte con el disfraz de Mourinho puesto, con esa mímica de 'general de brigada' y ese discurso de trinchera que tanto gusta en su parroquia, pero entregó una de las páginas más negras de la historia moderna del club.

Es necesario que Arbeloa, y quienes le han aupado, entiendan la magnitud del fracaso: Mourinho jamás fue eliminado por un equipo de inferior categoría. El portugués, el original, trataba la Copa contra los humildes como una cuestión de honor. Arbeloa, en cambio, ha convertido el honor en postureo. Si Xabi Alonso —el espejo donde el madridismo no quiere mirarse por miedo a ver la elegancia que han perdido— hubiera cometido este pecado, la crítica sería técnica. Con Arbeloa, la crítica es moral: no puedes venderte como el guardián de las esencias y caer ante un Segunda División a las primeras de cambio.

Arbeloa ha querido jugar a ser el 'Special One' y ha terminado siendo el 'Special None'. Su Madrid fue un equipo vacío, sin alma y superado por la realidad de un Albacete que no entiende de disfraces ni de leyendas de Instagram. El 'Espartano' ha regresado de su primera batalla sin escudo y con el uniforme de marca blanca manchado de barro. Mucho ruido de sables en la previa para terminar firmando un debut nada 'special'. Hoy, el Mourinhismo de garrafón ha muerto de realidad.