Joan Laporta se enfrenta a su primera Asamblea de su segundo mandato

Gol por la escuadra de Laporta a la UEFA

OPINIÓN

Ernest Folch

@ErnestFolch

Ante la indignación mundial, la UEFA decidió prohibir que el estadio Allianz Arena de Múnich se iluminara con los colores LGTBI, tal como había propuesto el alcalde la ciudad. El fútbol tenía una oportunidad de oro de demostrarle al mundo que es una buena herramienta para reivindicar derechos fundamentales, aprovechando que Alemania jugaba contra Hungría, donde su presidente Orban es conocido por atropellar sistemáticamente los derechos de las personas homosexuales. El bochornoso veto de la UEFA provocó un espectacular alud de críticas en el mundo del deporte y dio lugar a un brutal efecto boomerang porque se encontró que, entre muchas otras reacciones, a la misma hora del partido los principales campos de Alemania se iluminaran con la bandera del arcoíris. De todas las respuestas a la UEFA, sin duda la más rápida y la mejor fue la del Barça, que al cabo de pocos minutos de saberse la noticia tuiteó una foto de su escudo con la bandera multicolor de fondo y un texto que rezaba: “Orgullo y respeto”. El posicionamiento del club fue tan certero y brillante que pareció ideado por Lluís Carrasco, el director de campaña de Laporta que se inventó la famosa pancarta a pocos metros del Bernabéu. Pero atención, porque esto es mucho más que un zasca o un puro juego de acción-reacción.

 La prohibición de la bandera LGTBI ha puesto en evidencia que la UEFA es un organismo retrógrado. El Barça diluye la sensación de que en el tema de la Superliga actuó sin criterio a remolque del Madrid.

Tras las contundentes palabras de Laporta hacia la UEFA en la pasada Asamblea de Compromisarios (donde dejó claro que no renunciaría a la Superliga y dijo que “no pediremos perdón por querer ser dueños de nuestro destino”), el Barça aprovechó de manera muy inteligente el momento de debilidad de la UEFA tras su penoso patinazo (al que ya se conoce como ‘Allianzgate’) para atacarla con elegancia y posicionarse, esta vez sí, en el lado mayoritario de la opinión pública. Porque si en el desastroso lanzamiento de la Superliga los errores que cometió Florentino, y Laporta detrás suyo, no consiguieron ganar la batalla pública contra la UEFA, la escabrosa prohibición de la bandera LGTBI ha puesto en evidencia lo que Barça y Madrid no pudieron o no supieron explicar: que la UEFA es un organismo retrógrado y trasnochado que está anclado en el siglo pasado. El colmo ha sido que, queriéndolo o no, parece cómplice del gobierno húngaro de Orban, que avergüenza a media Europa. Como si de un partido de fútbol se tratara, un acontecimiento imprevisto puede haber empezado a cambiar el signo de un partido que parecía muy decidido. El resultado es que Ceferin (del que Laporta advirtió el domingo que “se lo toma todo como si fuera un asunto personal”) se ha disparado en un pie y ha recibido un gol por la escuadra del Barça, que se fue directo a portería cuando vio a la UEFA tocada y malherida por su gran error. La buena noticia es que, poco a poco, el Barça gana perfil propio en su guerra con la UEFA y diluye la sensación que se creó al principio de que el club actuó sin criterio a remolque de Florentino Pérez. Lo que está claro es que en esta descarnada guerra por el control del fútbol en el futuro pueden suceder todavía muchas cosas. Hay partido.

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