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Gil Marín sacia el ego pero el drama lo tiene el Atleti

Julián Álvarez, durante el Atlético de Madrid - Villarreal

Julián Álvarez, durante el Atlético de Madrid - Villarreal / Europa Press

Julián Álvarez (Calchín, Córdoba, 31-01-2000) no olvidará jamás el verano del 26. Tal vez, el futuro pueda devolverle el mal trago, pero en su cabeza siempre retumbarán esos días en que el tren azulgrana se detuvo mil veces y mil veces le agarraron del pescuezo para abortar su sueño. Julián se enfrenta a un infierno: le dijo a los atléticos que pretendía irse al Barça y ahora deberá asumir la odisea de jugar para quiénes le insultaron, gestionaron pintadas para ahuyentarle del club y le entonaron el “que se vaya”, un cántico cuya letra se escribió para señalar al enemigo. Muy difícil para el delantero. Un problema gordo para el Atleti.

No ha querido venderle al Barça, no ha podido traspasarle a la Premier - el 19 lo frenó todo -, no ha tenido líquido para ajustar un recambio top y se queda a un jugador a disgusto. Mal negocio. En el fondo, lo que ha ocurrido es más sencillo de lo que parece. Un club, anhelo de millones de niños, quiere a un futbolista. El futbolista quiere marcharse. Otro club se niega a reforzar a un rival directo. Simple. Una historia redundante en el fútbol. Lo demás es mangonear el relato. Vale, se acepta que el propietario no venda o ponga el precio que le plazca. Pero criminalizar al Barça por hacer lo mismo que el Atleti hizo para sacarle del City, despachar con tuits miserables y justificar el No a una venta por una “falta de ética y de profesionalidad” del comprador, es mangonear. Cuando sacaron a Villa y a Suárez a precio de saldo para ganar dos ligas, aplaudieron con las orejas. Gil Marín ha saciado su ego, pero sus estrellas no se divierten, no ganan casi nada y siempre piden irse. El drama lo tiene él. No el Barça.