Pep Guardiola en una imagen de archivo

El fútbol sin ropa

OPINIÓN

Guillem Balagué

@GuillemBalague

En la Premier están ocurriendo cosas que no se habían visto antes. 144 goles en 38 partidos y los 0-0 son tan extraños como encontrar las llaves del coche en el bolso a la primera. Pero si acercamos la mirada, lo mismo que si lo hiciéramos en el cristal de la ventana, empezamos a ver cosas que en principio no se distinguen y que preocupan a los entrenadores, aspirantes a controlar lo incontrolable. Es algo que está ocurriendo a todos los atletas de élite: están reaccionado diferente a como lo venían haciendo antes de la pandemia. 

Un entrenador de la Premier me ha reconocido que la ausencia de la afición afecta las decisiones de los futbolistas, especialmente -ha descubierto- durante los primeros pases de la construcción del juego, más relajada, y también en la presión, que es un punto menos agresiva. Klopp intuyó que algo pasaba en los últimos partidos de la temporada pasada, cuando el Liverpool dejó de ganar, y no echó la culpa solamente a la tranquilidad que da saberse campeón. Pep Guardiola también lo identificó pronto, aspira a que la cosa no vaya a peor y que con el regreso de los lesionados se note menos. 

Nadie acaba de encontrar las razones, pero se pueden apuntar algunas cosas. Existe, sin duda, una fatiga mental porque las vacaciones han sido cortas y en el confinamiento los jugadores no descansaron entre las dudas del momento y las obligaciones diarias relacionadas con el entrenamiento. Pero es más relevante el factor hinchada: el fútbol es un deporte basado en el miedo, en la amenaza. Sin afición, eso prácticamente desaparece, como lo hace el empuje de la grada: imaginen a Freddy Mercury sin audiencia. 

Solo queda adaptarse. El preparador mencionado ha decidido entrenar en el estadio los días en que se trabaja el 10 contra 10, reproduciendo al máximo las características de los días de partido. Guardiola, Klopp, Mourinho consideran que está no será una liga de 100 puntos porque esa relajación inconsciente (el futbolista juega como se siente) está provocando errores extrañísimos (los penalties del City ante el Leicester) y resultado inimaginables (el 7-2 del Liverpool podría ser, en un mal día, un 4 o 5-2, pero siete sugiere una capitulación que con público podría haber sido detenida). Hoy empates como el del City ante el Leeds se miran de otra manera. 

Y es que al fútbol, un juego cubierto de emociones, le han quitado la ropa.

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