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El fútbol sin Gil

El Atlético recordó ayer al que durante dieciséis años fue su presidente-propietario. Un homenaje que la mayoría de atléticos encontrará justificado pero al que es fácil ponerle pegas por parte del resto de ciudadanos. Jesús Gil fue un personaje polémico, controvertido y avasallador. Para unos era un valiente y para otros, un provocador. Para algunos, un creador de riqueza; para muchos, un ventajista chanchullero. Pero no se trata, ahora, de defender unas u otras posiciones. El Gil que nos interesa es el del fútbol.

Y ahí no creo que haya dudas. Gil era un futbolero en estado puro. El tío llevaba el fútbol en la sangre y con esa sangre rojiblanca caliente actuaba para bien o para mal. Igual sacaba la cartera para fichar un crack que el látigo para fustigar a sus jugadores o la guillotina para cortar la cabeza a cuantos entrenadores le viniera en gana. Al fin y al cabo, a todos les pagaba él. Esa filosofía, si quieren un tanto chulesca de nuevo rico, presidió su gestión. Y le costó sus dineros, aunque al club le acabará costando el campo. Pero como todo hombre hecho a sí mismo, también era listo, muy listo. Puso al Atlético en el mapa a base de meterse con los demás. Si rajaba de Mendoza salía en la prensa madrileña. Si se mofaba de Núñez, era portada en la catalana. Y con él, el Atlético. Y en política, pues lo mismo. Denunciando a unos se ganaba la complicidad de otros... Pero como este terreno era más pantanoso, se creó tantos problemas como réditos pudiera sacar.

Pues bien, el fútbol sin Gil no es el mismo pero no por ello es mejor. Este Atlético hace menos ruido pero no chuta. Con Gil, Bianchi hubiera durado media hora y los jugadores se hubieran llevado más de una bronca pública por dormirse en el campo. Ahora todo es más ordenadito, pero tampoco funciona. Y de su manera impulsiva de gestionar que tantas veces critiqué, con el paso de los años tampoco puedo decir que, en general, lo que ahora se lleva sea mejor. Gil quemó mucho dinero, pero los de ahora siguen endeudados hasta las cejas. O sea, que las formas son distintas, pero el fondo es exactamente el mismo.