Opinión
La fiesta de los premios

Lamine Yamal, en los Globe Soccer Awards con su camiseta del Barça delante / Fabio Ferrari/LaPresse / LAP
Sin fútbol por Navidad, Dubái vuelve a escena. Oriente Medio está dispuesto a coquetear con el deporte porque el dinero se lo permite. Cuando no hay fútbol, nadie te interrumpirá si tratas de comprarlo. Vuelve repartiendo premios desde una asociación que nadie conoce ni reconoce. Y ya sabemos cómo funciona el truco: si no tienes relato, lo compras; si no tienes historia, la alquilas; si no tienes credibilidad, la decoras. Un circo, eso sí, de oro y brillantes. Por cierto, si le llamas soccer al fútbol desde cualquier parte del mundo que no sea Estados Unidos, es que no has entendido nada de nada. Cuando incluso Trump parece que lo ha entendido.
Los premios de Dubái no premian nada, pero sí a alguien. Premian a quien está dispuesto a ir al festival. Y casi siempre al mismo tipo de alguien: amigos, socios, invitados habituales al palco de la opulencia y del dinero. Mendes mediante, que en eso tiene varios másteres. Gente que encaja en la foto, que le gusta el lujo, que acepta el paseo pagado, que agradece la adulación del dinero y, finalmente, que sonríe. No se trata de reconocer méritos, sino de fabricar legitimidad a golpe de talonario y alfombra roja. Todo suena a dado y repetido, además.
Se crean un premio para ellos, el de jugador de Oriente Medio; podrían llamarle el “trofeo de los ex-pats pseudorretirados que se están forrando”. Obviamente lo gana Cristiano Ronaldo, al que le encanta recoger premios, como a los niños les gustan los juguetes. Cristiano la considera su gala, se siente cómodo en ella, como en su casa, incluso se trae a su mujer. Si quiere ganar más trofeos, aquí los tendrá siempre que quiera: cuando no juegue, se van a inventar uno para que lo gane. Esto es una party, no algo serio.
Hay un premio al jugador que ha vuelto, a Paul Pogba, a un tipo que lo pudo ser todo y no solo confirmó que, pese a su talento, podía malversarlo, como un niño mimado mal gestionado, sino que acabó siendo inhabilitado por un supuesto doping. A Lamine Yamal le dan el premio Maradona. Esperemos que no sea un pronóstico de nada. El trofeo y el reloj que obtiene el premiado demuestran el escaso gusto que tiene el dinero cuando debe crear. Cierran con un premio que no es de fútbol y se lo dan a Novak Djokovic, la última broma de la noche.
El problema, al fin y al cabo, no es que den premios. El problema es que los premios no dicen nada y que todos esos están dados. No generan valor, ni conversación, ni incomodan, ni cuestionan, ni arriesgan. Son premios para justificar una narrativa artificial que se repite como un mantra: “nosotros también somos parte del fútbol”. Lo más preocupante no es que Dubái juegue a este juego, es el único que puede y sabe. Lo preocupante es que haya tantos dispuestos a jugarlo con ellos. A vender prestigio a cambio de presencia. Si no tienes fútbol, compras clubes. Si no tienes cultura, compras museos. Si no tienes premios, los copias cuando ya existen. Pero la simulación siempre tiene fecha de caducidad. Mientras tanto, hay demasiados que les dan juego.
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