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Cuando fichar no es suficiente

Sonia Bompastor, entrenadora del Chelsea

Sonia Bompastor, entrenadora del Chelsea / Chelsea

La goleada del Manchester City al Chelsea (5-1) ha sido uno de esos resultados que explican mucho más de lo que dice un marcador. No solo porque deja a las londinenses prácticamente fuera de la pelea por la Liga, sino porque vuelve a colocar una pregunta incómoda en el centro del debate: ¿hasta qué punto el dinero garantiza un proyecto ganador?

El Chelsea encadena dos derrotas consecutivas, es tercero con 27 puntos, por detrás del United (28) y a doce de un City que, paradójicamente, es la gran revelación del curso tras quedarse fuera de la Champions esta temporada. Incluso el Arsenal, cuarto con 26 puntos y un partido menos, amenaza con superarlo. Un escenario difícil de imaginar hace solo unos meses para un club que ha construido su hegemonía en la WSL desde el músculo económico. Uno de esos clubes favoritos a la Champions por plantilla y a los que hay que exigir más.

Tras la derrota, Sonia Bompastor deslizó cierta frustración con el mercado: “Me hubiese gustado estar en una mejor posición en términos del último mercado de fichajes”. Y la capitana, Millie Bright, apuntó directamente a una compañera: “Su portera ha hecho más paradas que la nuestra”, en referencia a Hannah Hampton. Síntoma claro de equipo roto. Lo paradójico es que el Chelsea es el club que más ha gastado en fichajes internacionales en 2025. El top mundial de inversión lo dominan equipos ingleses, franquicias de la NWSL y clubes propiedad de Michele Kang. Un mapa bastante fiel de quién tiene hoy el poder financiero en el fútbol femenino. Y, aun así, el Chelsea no termina de encontrarse.

Quizá porque el fútbol, incluso el más moderno, sigue resistiéndose a convertirse en un álbum de cromos. Fichar mucho no es lo mismo que construir bien. Tener muchas estrellas no significa tener un equipo. A veces implica justo lo contrario: futbolistas obligadas a encajar en roles que no son los suyos, otras que apenas encuentran continuidad, talento que se frustra, expectativas que se desgastan. Lo verbalizó con claridad Jess Carter cuando decidió salir del Chelsea hace unos meses: “No quería ser un número más”. Una frase corta, pero reveladora. Porque cuando una plantilla se convierte en una acumulación de nombres, el riesgo es perder a las personas.

Cuando un club acumula talento, pero no una idea clara, empiezan a aparecer los problemas. Y ahí el papel del entrenador o la entrenadora es capital. No solo para decidir quién juega, sino para ordenar el ecosistema: definir jerarquías, gestionar egos, proteger procesos y dar sentido a cada pieza. Sin ese hilo conductor, el dinero tapa grietas, pero no las cierra.

Ese contexto ayuda a entender por qué algunos proyectos, con menos recursos, siguen siendo más estables. El contraste con el Barcelona es evidente. Un club que hoy no puede competir con Inglaterra en cifras por las limitaciones de la Liga de Tebas, que difícilmente puede aspirar a determinadas estrellas y que sabe que retener perfiles como Ona Batlle será cada vez más complejo. Pero que ha construido algo reconocible: una manera de entrenar, de jugar y de crecer.

Lo explicó bien Pere Romeu ayer al hablar del valor diferencial del equipo: “Aquí hay buen día a día, estás rodeada de jugadoras de primerísimo nivel y nuestro objetivo es que las jugadoras cada día sean mejores”. Y añadió: “Jugadoras que han venido de fuera o que han subido jóvenes han acabado siendo de las mejores del mundo. Eso te lo da el entrenamiento, la mejora individual y la competitividad interna”.

Nada de esto significa que no haya que invertir. Todo lo contrario. El fútbol femenino necesita más inversión, mejores estructuras, mejores viajes, mejores cuerpos técnicos, salarios dignos y ligas cada vez más fuertes. Necesita que clubes, federaciones y competiciones sigan apostando y aumentando recursos. Pero invertir no puede ser el único plan si no se hace con sentido. El dinero acelera procesos. Abre puertas. Permite equivocarse más veces. Pero no sustituye a una idea. Ni a un sentido de pertenencia. Ni a un proyecto.

El fútbol, en plena expansión, vuelve a demostrar algo tan viejo como vigente: cuando fichar es lo único, no es suficiente