Marc Márquez

¿El espectáculo o la vida?

OPINIÓN

Josep Lluís Merlos

@JLlMerlos

En un tiempo en el que para ver si llueve nos hemos acostumbrado a mirar el móvil en lugar de asomarnos por la ventana, todo el personal que anda este fin de semana en el circuito de Le Mans tiene una mano ocupada con el teléfono y la otra… con el paraguas.

El GP de Francia acostumbra a ser sinónimo de lluvias en esta época del año, más cuando del trazado del Sarthe se trata. Y, en consecuencia, de caídas.

La pista consagrada a la memoria de Ettore Arco Isidoro Bugatti suele llevarse el dudoso honor de encabezar ese ranking cada año. De las 722 caídas que hubo en la (corta) temporada de MotoGP de 2020, ni más ni menos que 100 sucedieron durante el fin de semana especialmente frio y lluvioso de la cita gala, sobretodo en la curva 3 (30), a la que se llega con el flanco izquierdo del neumático con poca temperatura tras haber pasado por diversos virajes a la derecha. La cifra duplicó la media de las 48’1 caídas por carrera que se produjeron en las 15 citas del año pasado.

Pero más allá del efecto climatológico y del diseño de este circuito, el paddock -sobretodo el de la categoría reina- anda un poco revuelto con el tema de los accidentes que están habiendo esta temporada, afortunadamente más aparatosos que graves.

Las múltiples caídas de la curva 7 en Jerez, o que viéramos como algunas motos se estampaban contra las barreras de protección del trazado andaluz, atravesando como flechas las escapatorias pese a tratarse de un lugar donde las velocidades a las que se llega no son las más elevadas, han disparado las alarmas y han puesto en el máximo nivel de preocupación las inquietudes de muchos -empezando por los pilotos- en torno a la seguridad, el principal objetivo sobre el que hay que apuntar el foco de atención.

Históricamente, las grandes tragedias del motociclismo estuvieron precedidas de avisos como estos.

“Para crear espectáculo no hace falta ir a 360 por hora”, dijo Márquez en el GP de España. Lesiones como la de Jorge Martín en Portimao, caídas como las del propio Marc, o vuelos como el de Zarco o Miller en Austria el año pasado provocan algo más que un fruncir el ceño.

En las últimas semanas no han faltado las reflexiones sobre si se requiere un cambio en el reglamento técnico para limitar las prestaciones de las imponentes MotoGP de hoy. Así empezó su declive la F1. Que si limitar todavía más el consumo, que si modificar los compuestos de los neumáticos, que si trabajar de nuevo en la electrónica… Teorías y razonamientos no faltan. Encontrar el punto justo, el equilibrio entre el espectáculo y lo razonable no es nada fácil.

MotoGP es un campeonato para prototipos, para motos hiperbólicas cuyo manejo está al alcance de muy pocos. Eso es lo que potencia el magnetismo de la categoría, su poder de fascinación. Pero ha llegado un momento que su evolución tal vez ya está por delante de la capacidad humana para domesticarlas. Ya lo vivimos en el pasado cuando las temibles 500 de dos tiempos vaciaron las parrillas y llenaron los hospitales. La habilidad para amansarlas es lo que engrandece la leyenda de sus jinetes. Pero no olvidemos que sin ellos, con su ausencia, el olor del cloroformo acaba sustituyendo el del champán rociado desde el podio. Y tal vez no se trate de eso, con total seguridad.

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