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Que la épica no nos distraiga: el Barça es grande y el Madrid, pequeño

El Barça, con Pedri al frente, dejó constancia de su superioridad frente a un Madrid muy inferior

El Barça, con Pedri al frente, dejó constancia de su superioridad frente a un Madrid muy inferior / Ángel Martínez/RFEF / SPO

Si alguien tenía alguna duda de que el fútbol español ha vendido su alma al diablo, ayer Barça y Madrid le entregaron a una anacrónica monarquía teocrática uno de esos partidos que cualquier país que se preste preservaría como un patrimonio nacional. Pero en los tiempos que corren, todo se pone a la venta, incluso este maravilloso clásico con cinco goles memorables, polémica arbitral, piques por doquier y un desgaste físico colosal. Es decir, el mejor producto imaginable de que es capaz el planeta fútbol.

La medio anónima ciudad de Jeddah, a orillas del Mar Rojo, fue testimonio de la merecidísima victoria blaugrana, que se fraguó con sangre, sudor y alguna lágrima por un arbitraje por momentos tendencioso, que sin embargo no logró cargarse el espectáculo. Ya se sabe que un Barça-Madrid es siempre el momento en que se ponen las cartas boca arriba, la mejor manera de evaluar cuál es el estado real de los dos equipos. Y la Supercopa saudí deja una foto inequívoca. El Barça, como quedó patente en la final, es ahora mismo un equipo netamente superior a su eterno rival, que tiene muy claro a lo que juega, y que, de la mano de Pedri y Lamine, domina el centro del campo y es capaz de tener una quinta velocidad en ataque.

El equipo de Flick es infinitamente más alegre, dinámico y competitivo, aunque sea pagando el precio de conceder demasiadas ocasiones y ofrecer demasiado a menudo una sensación de equipo extremadamente vulnerable. El Madrid, en cambio, salió al campo con el único objetivo de limitar los daños, tan visiblemente replegado y en una actitud tan conservadora que por momentos pareció desconcertar al Barça. Xabi Alonso enterró ayer toda el aura de fidelidad al tiki-taka con la que llegó al Madrid, y optó por un medio campo Tchouameni-Camavinga-Bellingham más propio de un concurso de levantamiento de piedras que no de este juego de estilistas que llamamos fútbol moderno.

Alonso entregó su ideología a cambio de su supervivencia, y hasta es posible que, a pesar de la derrota, logre mantenerse a flote. Porque lo único que consiguió este Madrid primitivo y ramplón, sostenido solamente por la pegada y el talento de Vinicius, es acabar el partido agarrado a la épica y a una falsa sensación de igualdad, en parte propiciada por la injusta expulsión de De Jong. Se recuerdan pocos partidos en los que el Madrid haya salido con una conciencia de inferioridad tan evidente, un complejo que se agudizaba cruelmente cada vez que tocaba el balón Lamine Yamal, un futbolista majestuoso que fue creciendo a medida que su rival se empequeñecía. No hagan mucho caso de lo que lean estos días alrededor de la capital. Sí, fue un partido extraordinario, épico y que no vamos a olvidar. Pero el Madrid perdió como un equipo pequeño y acomplejado y el Barça mantuvo su indiscutible jerarquía.