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Opinión | Tuercebotas

Enemigos externos e internos: el populismo futbolístico

Dirigir los clubes a base de proyectos a largo plazo, controles internos, responsabilidad y profesionalidad, en España parece aburrido y poco carismático

Florentino Pérez, ahir a l’assemblea de socis del Reial Madrid. | RODRIGO JIMÉNEZ / EFE

Florentino Pérez, ahir a l’assemblea de socis del Reial Madrid. | RODRIGO JIMÉNEZ / EFE

De la Casa Blanca a la casa blanca, el trumpismo hace tiempo que se ha instalado en el Real Madrid de Florentino Pérez. Con Real Madrid TV como brazo armado, el club ha creado una blancoesfera en la que el Madrid nunca se equivoca, siempre es la víctima y siempre merece ganar. La última Asamblea fue un ejemplo de ello. Algo similar ocurre en el Barça: cualquier crítica a Joan Laporta es un ataque al club, el mundo se divide entre buenos y malos barcelonistas y todos los males del club se explican por el madridismo sociológico o por esa suerte de quintacolumnismo interno que, ¡ay!, incluso ha llegado a gobernar el club hasta casi arruinarlo.

Para ser justos, el populismo deportivo no es solo propio de Barça y Madrid, sino que, con matices y diversa intensidad, está profundamente enraizado en la gestión de los clubes de fútbol en España. En el resto de Europa, estructuras y liderazgos más profesionales han atemperado el histrionismo y han frenado a las personalidades que, en una misma frase, dicen que nadie (en referencia a los críticos) está por encima del club y, al mismo tiempo, que sin ellos el club iría a la deriva. El populismo futbolístico presenta rasgos comunes que se repiten más allá de los colores:

· Pan y circo: que no falte el espectáculo, con anuncios de fichajes de impacto o la supuesta voluntad de querer llevarlos a cabo.

· El enemigo externo: el madridismo sociológico, Negreira, la LFP, la UEFA, la FIFA, los árbitros, los clubes-estado, la herencia recibida, las votaciones del Balón de Oro…

· Asambleas a la búlgara: esferas de participación de los socios convertidas en ceremonias de aclamación.

· Ellos y nosotros: la visión dicotómica de la realidad: buenos y malos; ellos y nosotros; el pasado y el futuro. Igual que hay enemigos externos, también los hay internos. La prensa o es afín o es hostil, pero nunca imparcial.

· El rechazo a las reglas: el ‘fair play’, las sanciones, los comités, las normas de control, etcétera, son una conjura contra el club cuando no pueden cumplirse.

· Comunicación de campaña: una suerte de campaña electoral permanente, a base de eslóganes y golpes de efecto, siempre pendiente del último minuto y en busca de culpables de las malas noticias.

· El arbitraje que adultera la competición: de creernos todo lo que se dice sobre los árbitros, es pasmoso que alguien quiera competir, presenciar y apasionarse por competiciones tan adulteradas como las futbolísticas.

· El gran líder mesiánico: solo grandes dirigentes, desprendidos en su amor por los colores, apasionados y futboleros, pueden dirigir los clubes. Es obligatorio que sean “uno de los nuestros”, es decir: forofos. El presidente-salvador es el único que puede rescatar al club de la ruina, mantenerlo en la excelencia y lograr el éxito en el césped ante tantas dificultades.

Otra forma de dirigir los clubes sería posible: proyectos a largo plazo, controles internos, transparencia, responsabilidad, profesionalidad, límites de mandato… Pero es aburrido y poco carismático que Negreira no sea el culpable de todo lo que sale mal.