El culé Mourinho

OPINIÓN

El 28 de junio de 1997, Mourinho cantó el himno del Barça en el Bernabéu. Abrazado a sus compatriotas Vitor Baia y Couto. Mientras el vicepresidente Joan Gaspart daba la `vuelta de honor¿ al estadio con una bufanda blaugrana. Por los altavoces del sacrosanto altar madridista sonaba el `Tot el camp, és un clam¿ para celebrar la victoria del Barça en la final de la Copa del Rey ante el Betis (3-2). Aquella noche, un joven Mourinho, entonces ayudante de Robson, desató su euforia culé. Que después certificaría con un emotivo mensaje de amor eterno desde el balcón del Palau de la Generalitat: “Hoy, mañana y siempre, con el Barça en el corazón”. El sentimiento blaugrana arraigó con tanta intensidad en Mourinho que el técnico portugués se marcó como un reto profesional entrenar en un futuro al Barça. Pero su sueño se esfumó el día que Laporta y Txiki Begiristain descartaron su candidatura y apostaron por el neófito Guardiola. Entonces empezó su pesadilla.

Mourinho no es madridista. Ni pretende serlo. En estos momentos ejerce de mercenario del banquillo a las órdenes de Florentino Pérez. Como antes lo hizo en el Inter, en el Chelsea o en el Oporto. Mourinho, de corazón, es culé. Y su deseo, ahora por supuesto inconfesable, es dirigir al Barça. Y que el Camp Nou coree con devoción su nombre. Por eso le duele tanto que el público blaugrana le envíe, con sus cánticos, al teatro. Porque lo que le gustaría a Mourinho, de verdad de verdad, es ser ahora Tito Vilanova. Como antes le hubiera gustado ser Pep Guardiola. Porque lo que le gustaría a Mourinho, de verdad de verdad, es poder celebrar Ligas y Champions envuelto en la bandera del Barça. Y hacer ondear la `senyera¿. Porque lo que le gustaría a Mourinho, de verdad de verdad, es vivir en Catalunya. Y pasear por Sitges. Y que los chavales le pidieran autógrafos. Y, por supuesto, hablar en catalán.

Mourinho, cuyo corazón es declaradamente blaugrana, no está cómodo en Madrid. Ni en el Bernabéu. No le gusta el cocido. Ni ninguno de los templos gastronómicos de la capital. Prefiere Barcelona. Prefiere el Camp Nou. Prefiere el `pà amb tomàquet¿. Y cualquier restaurante de cocina mediterránea. Por eso está tan amargado. Por eso actúa con esa acritud. Por eso jamás sonríe. Por eso ejerce de prepotente. Y de maleducado. Porque está sufriendo. Porque tiene que actuar en contra de sus sentimientos. Porque, como buen culé, abomina de todo lo que haga referencia al madridismo y a sus valores. Por eso intenta destruirlos desde dentro. Dinamitarlos. Con sus actitudes. Con sus palabras. Porque lo que le gustaría a Mourinho, de verdad de verdad, es que el Madrid fracasara. Porque lo que le gustaría a Mourinho, de verdad de verdad, es que La Cibeles siempre estuviera desierta. Y que la euforia se desbordara cada año en Canaletas.

La pesadilla de Mourinho, afortunadamente, está a punto de terminar. Y el Barça, su Barça, puede echarle una mano decisiva esta noche.

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