Opinión
Muy poco Don, Daniel

Dani Carvajal y Lamine Yamal durante la entrega de premios tras la final de la Supercopa de España / EFE
Dani Carvajal. Capitán sin brazalete. Comisario sin placa. Fiscal sin toga. El que no respeta a un presidente del gobierno. El amigo de Abascal. El seguidor de Alvise. El que pidió la presunción de inocencia para Rubiales. El que ni lesionado desaparece de las reyertas. De las provocaciones. De calle. Sin jugar. Presente donde no le llamaban. En el túnel. Esperando. Ni para animar. Ni para sumar. Para acechar. Para provocar. Para amedrentar a los colegiados.
Ahora, hace de profesor de Lamine Yamal. Porque por edad podría ser su padre. Por eso debe sentirse obligado a educarlo. Ya sea en el césped, al finalizar los clásicos, cuando los gana. O en las ruedas de prensa, antes de jugarse los títulos. Para recordarle errores. Para señalarlo. Para marcar territorio. Para avisar en prepartido. Para repartir moralina como si fuera un catequista.
Curioso. Porque él, precisamente él, no es un tipo tranquilo. Ni comedido. Ni dentro. Ni fuera. Ni cuando las pulsaciones son altas, ni cuando las tiene bajas. Porque hablamos del mismo Carvajal. El chulesco. El de las entradas al límite. El del “yo no he hecho nada”. El del gesto torcido cuando el rival se levanta. El especialista en el roce sucio elevado a folclore competitivo.
Intensidad o impunidad
Ese. El que ha confundido intensidad con impunidad durante años. El que siempre juega con la coraza de la camiseta blanca ante el árbitro. El que sabe hasta dónde puede apretar sin que le caiga la roja. Ahora da lecciones. A Lamine. Precisamente a Lamine. Desde la sala de prensa. Quiere controlar al imberbe. No sea que el niño domine. No sea que el niño disfrute. No sea que recuerde que el fútbol es alegría.
¿De verdad ese es el problema? ¿O el problema es otro? Que no agacha la cabeza. Que no juega con miedo. Que no entiende jerarquías en vestuario ajeno. Quizá molesta que el futuro no espere turno. Quizá el problema es que Lamine hace mucha sombra en la selección. Que la roja no sea tan blanca.
Y quizá, solo quizá, Carvajal baja, sin bajar, el tono, porque desea estar en Estados Unidos. Ese que daba reprimendas cumplidos los noventa minutos. El que se iba a buscar al de Rocafonda chulesco. De golpe, tiene menos aspavientos. Menos irle a buscar y más buscar el acuerdo tácito. Más cálculo. Ahora resulta que también es un gran chico. Aunque con la moralina de que se equivocó. Será que no conviene enemistarse con el chico que va a marcar la próxima década. ¿Será el Mundial?
No más vigilantes de túnel
La escena queda. El gesto queda. La actitud queda. Un veterano dando lecciones morales a un chaval que solo juega al fútbol como sabe: sin miedo. Dani pone las notas. El fútbol español no necesita más vigilantes de túnel.
La España de los leñeros es pasado. Necesita proteger a los que hacen cosas distintas. A los que no piden perdón por ser buenos. Lamine no necesita tutores improvisados. Necesita que quien no le puede enseñar nada, lo deje en paz.
A algunos les iría bien recordar una cosa: la autoridad no se impone sin balón. Se gana en el campo. Se gana jugando, no hablando.
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