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Opinión

El día en que nació el messismo

Messi confiesa sus momentos más felices en Barcelona

Messi confiesa sus momentos más felices en Barcelona / SPORT

La noticia no fue que Messi visitara el Camp Nou, sino que lo visitara solo. La bomba no fue el regreso, sino su inconmensurable soledad. Messi en el Camp Nou produce una honda emoción, pero Messi andando anónimamente y de noche en la inmensidad de su casa produce un escalofrío doloroso, una insoportable melancolía, una nostalgia de lo que hubiera podido ser y no fue.

La furtiva visita ha servido como un recordatorio, para despistados con problemas de memoria, de que Messi es profundamente del Barça. Lo es tanto, que su barcelonismo está por encima de cualquier herida y de cualquier circunstancia: ha proclamado su amor eterno al club con sus inolvidables lágrimas el día que lo echaron, cuando ganó ya fuera del Barça un Mundial o un Balón de Oro y cada vez que ha abierto la boca, sea con el PSG o el Inter de Miami.

Lo que sucede es que Messi es libre, y practica su barcelonismo como le da la gana. Ejerciendo su libertad, Cruyff avergonzó a Rosell devolviéndole la insignia de oro y brillantes y ahora Messi ha sonrojado a Laporta recordándole que lo echó. Pero no es un acto electoral, como han pretendido algunos sospechosos habituales, sino un simple acto de amor y dignidad. Por mucho que algunos lo insinuen malévolamente, no verán nunca a Messi apoyar a ningún candidato ni, por supuesto, nadie podrá capitalizarlo en las urnas.

En este Barça que construye su historia a base de alegrías, pero también de heridas, de la misma forma que el cruyffismo se opuso al nuñismo y el guardiolismo se opuso al rosellismo, ahora podría surgir el messismo como reacción al laportismo. Y es que Messi ha demostrado, con el burofax o con el Instagram del Camp Nou, que nunca se casará con el poder, sea cual sea. Lean bien su texto: se dirige solamente a la afición, al socio, a la gente que lo llevaba en volandas en la mítica foto del 6-1 contra el PSG.

Que nadie se equivoque: no es el palco lo que le interesa, sino el césped. El pecado original de Laporta fue utilizarlo para ganar las elecciones, pero quizás su gran error posterior ha sido dirigirse a Messi como si ya estuviera retirado. Messi es un mito eterno, pero es un futbolista colosal todavía en activo, que fuera del Barça ha ganado un Mundial y deslumbra en Miami con un fútbol espectacular. Negarle ahora la posibilidad de volver sin que él lo haya pedido es otra afrenta innecesaria, incomprensible en un equipo donde juega Lewandowsky con solo un año menos y un portero que ya se había retirado.

De la misma manera, Messi no pide estatuas, sino simplemente respeto. Messi nos vino a decir con su visita que está muy vivo y que quedan muchas cosas por arreglar. El denominador común de la historia moderna del Barça es el maltrato a sus grandes referentes. A ver si con Messi, de una puñetera vez, somos capaces de evitar que la historia se repita.