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Dembélé: el caso del futbolista que aprendió a jugar a fútbol

La metamorfosis del jugador que desesperó en Barcelona y deslumbra en París es asombrosa

Ousmane Dembélé: "Tengo la suerte de contar con un entrenador como Luis Enrique"

Ousmane Dembélé: "Tengo la suerte de contar con un entrenador como Luis Enrique" / Perform

Hace casi año y medio, en abril de 2024, enterré mi ya de por sí escasa posibilidad de ser futurólogo con un artículo titulado “Dembélé: el caso del futbolista que no sabía jugar a fútbol”. En vísperas del partido de vuelta de cuartos de la Champions entre Barça y PSG (ya saben, el del 1-4 tras la expulsión de Araujo), escribí: “Las estadísticas de Dembélé en el PSG no mejoran las de su etapa en el Barça: este año registra 2 goles y 10 asistencias en todas las competiciones. Raphinha, por citar a su competidor la temporada pasada en el once titular, lleva 7 goles y 9 asistencias. No son cifras de Balón de Oro, pero son mucho mejores que las de Dembélé este año y el anterior, que lo acabó en el Barça con 5 goles y 7 asistencias. Para hacernos una idea, la mejor temporada del extremo francés como azulgrana fue la 2018-19, en la que marcó 8 goles y dio 5 asistencias”.

Pitoniso.

Hoy, las cifras de Dembélé sí son de Balón de Oro, ante el pasmo de muchos, entre los que me cuento. El Dembélé que conocimos en el Barça —el futbolista del que Joan Laporta dijo que era mejor que Mbappé y del que Xavi aseguró que era uno de los mejores del mundo— era uno de los jugadores que más regates intentaba, pero con un porcentaje de éxito que lo alejaba del top ten de los mejores regateadores de las cinco ligas europeas. Lo intentaba mucho, le salía bastante menos y, cuando llegaba al área, tenía una tendencia natural a ofuscarse y a tomar la peor decisión posible. Nada que ver con el crack que ha liderado en el campo a un PSG que es una apisonadora futbolística.

Desequilibrador y desquiciante

Se atribuye el mérito de la metamorfosis a Luis Enrique, que, como Xavi y Laporta, antes de su explosión ya decía que el francés era “el jugador más desequilibrante del mundo”. Tanto que desequilibraba a sus propios compañeros y desquiciaba a su hinchada, pensaba yo. Ni puta idea, que diría el entrenador asturiano.

Sin desdeñar la influencia de Luis Enrique, Dembélé es un caso de aprendizaje con la madurez. Sus condiciones innatas hacían de él un gran futbolista, pero aprender a jugar al fútbol hasta llegar al nivel de ganar un merecido Balón de Oro le ha llevado más de una década de carrera. Acostumbrados a la irrupción de estrellas muy jóvenes, tendemos a olvidar que el deporte no es solo una cuestión de física y técnica, sino también de mentalidad. La carrera de Dembélé es inversa a la de jugadores como Neymar, que deslumbraron en sus inicios pero nunca abandonaron la adolescencia hasta perderse cuando el juego se convirtió en un negocio que iba en serio. El mérito de jugadores como Messi, Cristiano, Modric o el eterno Santi Cazorla es que, a medida que maduran, su juego va ganando capas de sutileza y complejidad.

Dembélé ya ha aprendido a jugar al fútbol como los ángeles y se ha destapado como un crack de nivel mundial. Su éxito es el de la madurez, el esfuerzo y la persistencia frente al del puro talento innato sin pulir. El pasmo entre quienes lo recordamos de culé sigue sin disiparse, pero hay que admitir que el Ousmane que conocimos era un adolescente y el del PSG es un adulto.