La culpa de todo la tiene el Cruyffismo

La culpa de todo la tiene el Cruyffismo

Ivan San Antonio
El mural en recuerdo de Johan, en la calle Wembley de Park de Meer
El mural en recuerdo de Johan, en la calle Wembley de Park de Meer | sport

El Barça está ahora en el desierto, empujando un enorme y pesado coche al que se le ha acabado la gasolina porque quienes estuvieron antes al volante apretaron el acelerador sin prever cuánto quedaba para la próxima estación de servicio. Ahí está ahora Laporta sudando la gota gorda junto a sus incondicionales fieles y con el único objetivo de llegar a la gasolinera sin morir en el intento.

El único combustible hoy es el optimismo patológico del presidente, cuyo discurso es anacrónico porque habla de “ganar”, de huir de “temporadas de transición” y de ser “fieles a la idea”. Con una mano ondea la bandera de la grandeza y con la otra sigue empujando un vehículo inerte. El reto es titánico y poco realista, pero no puede ser otro porque solo quien se exige lo máximo es capaz de superar sus propios límites, que en el caso del Barça son hoy un muro de hormigón. Mientras no haya surtidor, hay que mantener la dignidad y eso pasa por seguir siendo quien eres incluso en la miseria. La grandeza no te la da el dinero, ni los títulos, ni tener al mejor cromo del mercado, ni vender más camisetas que nadie, ni tampoco el mejor estadio del mundo. Todo eso es la consecuencia de ser grandes, algo que Laporta sigue teniendo en su mano. La grandeza no se compra, la grandeza, en el caso del Barça, se ha adquirido invirtiendo años y perserverancia en una idea singular, única, irreverente y revolucionaria que te aleja de la mediocridad y te acerca al paraíso de los elegidos, a la tierra de los gigantes. Laporta vive su segundo mandato atrapado entre el pragmatismo frío de un excel y el idealismo futbolístico que supuran sus gotas de sudor.

Todo, absolutamente todo es culpa del Cruyffismo. No de Cruyff, del Cruyffismo, que es la forma en la que sus apóstoles han interpretado a Cruyff. Si Johan no hubiera existido, el Cruyffismo no nos diría que el Barça solo puede jugar un 4-3-3. Si Johan no hubiera existido, el Cruyffismo no nos diría que con 2-1 en el Camp Nou no puedes sacar un central a diez minutos del final. Si Johan no hubiera existido, el Cruyffismo no nos diría que que Luuk de Jong no es jugador para el Barça. Si Johan no hubiera existido, el Cruyffismo no nos diría que Koeman no es Cruyffista, ni Setién, ni por supuesto el Tata, ni nadie que no sea Cruyff o Guardiola. 

Si Johan no hubiera existido, podríamos ser como cualquier otro club, sí, pero no seríamos el Barça, no seríamos un gigante entre gigantes. No seríamos la alegría convertida en balón ni el arte vestido de fútbol. Gracias, Johan, por obligarnos a ser lo que somos.

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