Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | Tuercebotas

La corona de Lamine Yamal

Quienes creen que Messi se explica por Negreira se esfuerzan en crear una caricatura de pim, pam, pum de un crío de 18 años

Lamine Yamal, en acción en Guadalajara

Lamine Yamal, en acción en Guadalajara / Dani Barbeito / SPO

Regresé el otro día al barrio de mi niñez y pasé delante de la puerta de mi antigua escuela. Como suele suceder, la recordaba más grande, más verde, más imponente, como más erguida sobre un acantilado. La memoria magnifica, la realidad disminuye, es una de las cosas que, justamente, se aprenden fuera de la escuela. Al lado del edificio, hoy hay un gimnasio municipal donde antes solo se encontraba un solar, y una rambla parcialmente peatonalizada donde antes confluían varios carriles de coches y un paseo de peatones que tenías que cruzar a la carrera porque el semáforoenseguida se ponía en rojo. La acera sigue siendo estrecha, aunque debe de ser el doble de ancha que en mis años de EGB. Allí jugaban unos niños a fútbol en una imagen extraída de mis recuerdos: mochilas y anoraks en el suelo formando la portería, una lata de refresco como balón.

Yo prefería los botellines de cacaolat por dos motivos: porque se controlaban mejor y porque antes podías bebértelos. En ese campo (la acera estrecha, las mochilas y los anoraks como postes) y en otros similares viví algunos de mis mayores momentos de gloria deportiva: incluso los tuercebotas más clamorosos, los paquetes más recalcitrantes, los negados más absolutos en el balompié, en algún momento, en algún rebote, en algún chut lejano con fortuna, podían probar las mieles del triunfo, que decían los locutores deportivos en los tiempos en que el conocimiento, la dicción y la vocalización eran virtudes y no engorros.

Coronarse

El gol, el momento en el que el esférico (el bote de cacaolat) salva al portero y cruza la línea de puerta, el instante en el que todo el mundo sabe que ya no hay vuelta atrás, es una droga infantil que pervive en la edad adulta. No hay en el mundo real satisfacciones instantáneas similares a las del deporte, y entre estas la de marcar un gol es top. Nadie celebra entregar un proyecto, la presentación de un PowerPoint, haber cuadrado el balance o haber cumplido los objetivos semestrales. Fuera de la escuela y de la acera estrecha, está mal visto dejar en el suelo anoraks y mochilas e incluso pegarle patadas a un bote de cacaolat.

Uno de los niños que jugaban frente a la puerta de mi escuela marcó un gol, se plantó en mitad de la acera, miró al tendido y se coronó como Lamine Yamal (la verdad es que el chaval había marcado un golazo). El '10' del Barça ha pasado de jugar con sus amigos a marcar en el Camp Nou sin pasos intermedios. Para él, la realidad es esa: una finta, un regate, una intuición y ese momento en el que el balón salva al portero y cruza la línea de puerta; el instante en el que todo el mundo sabe que ya no hay vuelta atrás. El juego de niños es ahora un asunto de adultos, muy serio, con mucho dinero en juego, en un momento —los 18 años— en el que los padres sabemos que ni son niños ni son mayores.

Esta semana silbaron a Lamine Yamal en Guadalajara. Dicen que cae mal, entre otros motivos, por cosas como la de la corona. No es verdad. Cae mal porque quienes creen que Messi se explica por Negreira no quieren volver a ver a otro Leo blaugrana, y han creado una caricatura de pim, pam, pum, de un niño de 18 años. Así que aplaudí al chico que se coronó en la puerta de mi antigua escuela, entré en un bar y me pedí un cacaolat.