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Competir sin Lamine

Lamine Yamal se retira lesionado del partido ante el Celta

Lamine Yamal se retira lesionado del partido ante el Celta / EFE

La baja de Lamine Yamal no obligaba al Barça a cambiar una pieza. Le obligaba a revisarse. Porque Lamine no es solo un extremo. Es una idea de juego. Una solución. Un atajo. Muchas veces, la mejor respuesta del equipo al bloqueo. El Barça de Flick no se explica sin él. Por lo que hace. Porque no solo desequilibra cuando interviene. Fija al lateral. Obliga al extremo. Activa coberturas. Condiciona ayudas. Ensancha el campo. Es miedo. Es respeto.

Lamine es el centro de gravedad del equipo. El equipo va hacia él. Y el rival también. Cada posesión encuentra en su lado una expectativa. Puede pasar algo. Puede romper. Puede inventar. Puede convertir una jugada plana en una amenaza real.

Eso tiene un efecto doble. Es una bendición. Una ventaja. Y a la vez, un inconveniente. Porque cuando un equipo encuentra en un futbolista la forma más fiable de progresar, acelerar o dañar, empieza a depender de él más de lo que conviene. El talento resuelve. Pero también acostumbra. Y los equipos, como las organizaciones, se acomodan rápido a quien les simplifica la vida. Y cuando desaparece, tocaba conocer la verdadera seguridad competitiva del equipo.

En Getafe, el Barça entendió que debía transformarse para solucionar el problema de jugar sin la presencia de su jugador más determinante. Tocaba repartir lo que antes concentraba uno solo. Buscar nuevas cosas. Más iniciativa por dentro. Más desequilibrio grupal. Más valentía de los interiores. Más jugadores responsabilizados.

Esto va de fútbol. Pero no solo de fútbol. Todas las organizaciones dependen de sus líderes más de lo que admiten. El líder interpreta, empuja, corrige, tapa carencias y ordena comportamientos. A veces incluso sin querer. Su talento no solo produce. También acostumbra.

Por eso, cuando no está, no basta con buscar un sustituto. Hay que repensar el sistema. Ese es el verdadero examen. Porque la ausencia de un líder obliga al resto a crecer. A ocupar espacios nuevos. A asumir funciones que antes delegaban. Y ahí se ve la madurez de un colectivo.

El Barça entraba en ese territorio para cerrar la liga y en su primer envite demostró que entiende la diferencia de hacerlo con o sin. Sin Lamine, necesita parecer menos brillante. Pero más coral. Menos dependiente de una inspiración. Aunque más eficiente. Menos pendiente de esperar que algo ocurra. Pero más preparado para provocarlo. Toca repartir. Multiplicarse. Organizarse mejor.

Y en el fondo, ahí está la gran prueba de cualquier colectivo. Y de cualquier organización: qué pasa cuando el mejor ya no está para resolverlo casi todo. En Getafe. En el peor escenario. Ante el peor rival, por incómodo, por guerrillero, por luchador; el equipo de Flick no dio un paso adelante, dio dos. En la clasificación y en su desarrollo como grupo competitivo.

Diversos jugadores asumieron nuevas responsabilidades en posiciones que no les son naturales. El gesto de Fermín tras su gol, acordándose del líder del equipo, también explica que sus compañeros no solo asumen su rol, sino que el de Rocafonda es, tan sólo, uno más cuando se habla del grupo.