Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Lluís Carrasco

Lluís Carrasco

Colaborador de SPORT.

Un cirujano llamado Barça

Hansi Flick (centro, junto a Bojan Krkic Jr.) y Deco (derecha, sentado junto a Alexanko) en las gradas del estadio Johan Cruyff

Hansi Flick (centro, junto a Bojan Krkic Jr.) y Deco (derecha, sentado junto a Alexanko) en las gradas del estadio Johan Cruyff / Valentí Enrich

Que nadie les engañe. No se puede hacer una tortilla sin romper antes huevos. Y en el Barça, por necesidad, pero también por convicción estratégica, ni tortilla ni huevos: cocina de autor donde cada ingrediente se debe pesar hoy con báscula de precisión y con la cuenta corriente en números, tal vez ya no rojos, pero sí rosados, mirando de reojo.

Miren, construir un equipo campeón, sorpresa, no es solo juntar los bolis y cromos de moda “Wondergol” de Mr. Wonderful, y esperar que se alineen mágicamente sin “repes”. A veces, y digo solo “a veces”, implica renunciar. Sí, esa palabra tan poco sexy en el diccionario del aficionado: sacrificar.

Mientras el club levanta un estadio que será referente y templo mundial del fútbol, también lucha por construir un equipo campeón y, al mismo tiempo, tiene que cuadrar un sudoku financiero donde cada cifra tiene más trampas que una película protagonizada por el Dr. Jones, y eso, amigos, es complejo.

La famosa norma del 1:1 que tanto nos cuesta no es un eslogan, es un dogma. Ingresas uno, gastas uno. Fácil de entender… salvo cuando no tienes el 'uno'. Entonces todo se convierte en un ejercicio de: vender aquí, ajustar allá, diferir, aplazar… contorsionismo económico. Funambulismo, pero sin red.

Y en este panorama, entra en escena Flick, con la serenidad del que no busca excusas sino soluciones, y habla de piezas concretas, perfiles claros, liderazgo... Nada de coleccionar promesas (esas las tiene todas): necesita certezas. Y eso, claro, tiene un coste no solo en euros, que también, sino en decisiones que pueden resultar incómodas.

En el tablero de la élite y la excelencia en el que operamos, y aunque duela, pocos son intocables. Los hay, no sufran, pero son pocos. Muy pocos. Y siempre existe la posibilidad, remota, probable o inevitable, según venga y convenga, de tener que prescindir de una pieza que adoramos para aspirar a aventuras y amores mayores.

El romanticismo a palazos está muy bien para las noches veraniegas, pero las plantillas campeonas se construyen con bisturí, calma y maestría. Y a veces ese bisturí debe ir a cortar donde duele. Así que sí. Existe una columna en el equipo intocable, tranquilidad, pero a partir de ahí, quizás en esos complejos equilibrios, toque llorar alguna marcha.

Y cabe recordar que, si pasa, no será nada personal sino estructural. Porque en el fondo, la vida, y el fútbol es una vida con césped, funciona así: para alcanzar metas gigantes, hay que aceptar espinas en el camino. Llamémosles, si llegan: decisiones estratégicas. Les dolerán menos.