Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

El cielo no puede esperar

La alegría en Can Barça estos días contrasta con la tristeza que rodea al Madrid

La alegría en Can Barça estos días contrasta con la tristeza que rodea al Madrid / STRINGER / EFE

A veces, el tipo de jugador que ficha por el R.Madrid cree que, llegando a Concha Espina, ha alcanzado ya el Olimpo. Siempre, el que lo hace por el Barça, lo hace sabiendo que se ganará el derecho a tocar el timbre de acceso al cielo. Parece similar, y es, contrariamente, antagónico. En Chamartín, la estrella aterriza con la convicción íntima de que ya es estatua. En Barcelona, con la firme esperanza de convertirse en escultor. Escultor de belleza. Escultor de gloria.

El Olimpo es un lugar cómodo. Los dioses no trabajan, no sudan, no corren, no sufren. Allí, el alimento es la ambrosía y la bebida, néctares degustados bajo los acordes del violín de ninfas desnudas. El balón, cuando molesta, se desprecia, y cuando no, se delega. Y las obligaciones, si aparecen, se externalizan a un canterano que aún no sabe que ha nacido para sostener el mito ajeno. ¿Eh, Gonzalo?

El Barça, en cambio, no ofrece nubes, ofrece escaleras. Aquí nadie llega para ser dios: llega para intentar merecerse el reconocimiento universal, pero éste, no se compra, se gana, se corre, se falla, se aprende, se comparte y, solo si eres un elegido: se alcanza. Se entiende que el escudo pesa, que la camiseta aprieta y que la grada no perdona la indiferencia. Por eso las grandes estrellas azulgranas jamás hablaron de paraíso, hablaron de su impresionante camino para llegar a él. Aquí no basta con ser bueno, hay que integrarse en una cultura, a una manera de jugar, de sentir, de ganar y hasta a una manera de perder. Porque en Barcelona se puede perder, pero no se permite vacilar.

Y luego está la historia, esa señora despiadada que no respeta la manipulación y el embuste. Si preguntamos a aficionados neutrales por los 5 continentes sobre los más grandes de siempre, cuatro nombres aparecen siempre: Messi, Maradona, Cruyff y Pelé. Tres jugaron en el Barça. Ninguno en el Madrid. ¿Casualidad? Ustedes, mismos… El quinto nombre ya resultaría menos unánime: Beckenbauer, Garrincha, Ronaldo, Platini, Ronaldinho. Todos maravillosos. Todos distintos. Todos, discutibles.

Mientras el Madrid colecciona títulos, y alguno (demasiados), de consecución inquietante, el Barça, colecciona mitos. Y los mitos jamás nacieron en el Olimpo. Lo hicieron en el barro y en el esfuerzo.

Dos clubes, dos cielos. Uno, personal, instantáneo, automático y mediático. El otro, compartido, llorado y coral. Y quizá por eso, cuando uno mira hacia arriba, las estrellas que brillan más fuerte no parecen dioses blancos e invencibles… sino niños chispeantes que un día, decidieron vestir de azulgrana y ponerse a trabajar.