Opinión
Carta a Lamine Yamal

Marc Cucurella, ante Lamine Yamal en Stamford Bridge / Valentí Enrich
Nos jugamos mucho. Todo. Tú como guía. Yo como devoto.
Que eres un elegido creo que ya no lo discute nadie. Que tienes una cabeza privilegiada es algo conocido y admirado. Pero que vives en el alambre, ese mismo alambre que hemos visto resquebrajarse de manera cruel bajo los pies de otros escogidos, también es tan cierto como todo lo anterior. Siempre te he defendido, chaval. Lo he hecho en Barcelona y Madrid contra la envidia, contra la infamia, contra la mezquindad y contra la rabia de indisimulados voceros a la orden de la orden (y el resto ya me entienden...).
Pero has de poner de tu parte y dejar de hacer el 'tonto', dicho con todo el cariño, cuando las cosas no son como tú quieres. Te puede pesar la responsabilidad de quién ha de aguantar la etiqueta de 'genio' o el peso de 'liderar' sin que nadie te haya enseñado ni tan siquiera a guiar, pero que no te venza el peso de la soberbia al ser sustituido por un compañero, o el del respeto a tu entrenador. Y mucho menos, no caigas rendido al peso de la opulencia del oro, que, colgado al cuello, puede llegar a ahogar. Lamine Yamal, hoy eres un jugador único, y algo desorientado por el presente (tu propio presente), un chico que necesita consejo docto y desinteresado y una mano amiga que seguir… No, no eres aún el mejor jugador del mundo, pero puedes llegar a serlo, y una manera de empezar a trazar un buen sendero, es abrazar a Flick, agradecido por creer y confiar en ti, incluso cuando te saca del campo.
Mañana, si pasas mucho, pero mucho más tiempo trabajando en el césped y en el gimnasio que en lugares de ocio con inquietantes compañías, seremos nosotros los que nos rendiremos ante ti convertido en rey, pero hoy, el rey solo es un príncipe, como muchos otros, un príncipe que tiene muchísimo que aprender para ni tan siquiera acercarse al referente que todos añoramos y al que deberías tomar como modelo indiscutible e innegociable. Eso y dar las gracias cada día. Gracias a la Masia por existir, a Jordi Roura por fijarse en ti con ese caminar, entonces, desgarbado. Gracias a Xavi por creer. Gracias a tu genética explosiva. Gracias a comentaristas y tertulianos que te han mimado con amor casi maternal. Gracias a la grada que te venera cada regate como si hubieses descubierto la cura del cáncer y gracias a tu club, a tu pueblo y a tu cultura, ya que sin la mezcla de todo lo anterior este artículo no tendría sentido. De hecho, esta carta jamás habría existido.
Y la siguiente línea del artículo está en tus manos. Solo en las tuyas. Escríbela con la cabeza, que, de corazón, vas sobrado.
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