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Joan Cañete Bayle

Joan Cañete Bayle

Periodista y escritor

El bueno era Iniesta

La retirada del mítico jugador certifica que el mejor Barça de nuestras vidas es ya un recuerdo del pasado

Andrés Iniesta con la Champions League

Andrés Iniesta con la Champions League / EFE

El gol de Andrés Iniesta en Stamford Bridge me pilló en Washington. Era el 6 de mayo del 2009, y qué mes de mayo fue aquel. El 2 de mayo el Barça ganó al Real Madrid en el Bernabéu por 2-6. El 13 de mayo se impuso al Athletic de Bilbao (4-1) para levantar la Copa del Rey. El 16 de mayo ganó matemáticamente la Liga, y el 27 de mayo se impuso en Estadio Olímpico de Roma al Manchester United (2-0) para levantar la Champions. Fue el mejor mes de mayo de nuestras vidas, al menos las futbolísticas. 

Pero el 6 de mayo cerca de las 11 de la noche las cosas no pintaban nada bien. Rondaba el minuto 93, el Barça perdía 1-0 y estaba fuera de la final. En Washington eran seis horas menos, una tarde plácida de primavera, a una hora nada futbolística, y los locutores del canal estadounidense que emitía el partido, británicos, enmudecieron cuando el chut de Iniesta superó a Petr Chech. “Oh my God!”, musitó uno de ellos. Yo, que veía el partido con mi hijo de once meses sentado encima de mis rodillas, lo dejé en el sofá y celebré el gol como un poseso. Mientras, mi bebé me observaba entre alucinado y asustado antes de romper a llorar. Me perdí las locuciones eufóricas de las radios catalanas, la alegría colectiva en Barcelona, los petardos en la noche, el sonido de los cláxones. Para mí, el ‘iniestazo’ fue mi euforia, la desolación de los comentaristas británicos, y los sollozos de mi bebé, hoy un hombretón que celebra como si fuera el último cada gol de Barça. Qué sabrán los chicos de hoy de lo que aquel gol, aquel equipo, aquel mayo, significó para nosotros. 

Más allá de los 'iniestazos

Desde que se anunció la retirada de Iniesta del fútbol activo, los dos ‘iniestazos’, el de Stamford Bridge y el de Sudáfrica el 11 de julio de 2010, están en todas partes. Es una paradoja que un jugador que solo flaqueaba en el arte del gol sea recordado por dos tantos tan decisivos. Pero para mí, Iniesta no son esos dos goles, pese a lo que significan. Conscientes de que aquel mayo era único, pese a que se prolongó unas cuantas temporadas más, ya hablábamos del legado, de la huella histórica que dejó aquel Barça. En esas conversaciones melancólicas sobre lo que aún no habíamos perdido, yo siempre decía: “A mis nietos les diré que el bueno, el bueno de verdad, era Iniesta”. 

No tengo nietos aún, pero Iniesta tiene ya 40 años y con él se retira el (pen)último del equipo de nuestras vidas. El (pen)último en activo del Valdés; Alves, Puyol, Piqué, Abidal; Busquets, Xavi, Iniesta; Pedro (Henry), Villa (Etoo), Messi. Solo queda Messi, el mejor del mundo y de la historia, el GOAT, el ganador del balón de oro de 2010 que yo siempre pensé que debería haber ganado Andrés. Porque Messi es todo eso, el mejor indiscutible, pero para mí el bueno, el bueno de verdad, era Iniesta. 

Iniesta era la pulcritud, que diría Xavi. Era la elegancia, la plasticidad, el regate, Oliver Atom rodeado de italianos. Era el espacio imposible, los ojos en el cogote, un hombre pegado a una pelota de cuero, como otro Andrés, Calamaro, le cantó a Maradona pero en realidad debió de dedicarle a Iniesta. Si Xavi era el metrónomo, Busquets el pulpo, Puyol el carácte y Messi, en fin, era Messi, Iniesta era el dueño del tiempo y del espacio. Sus ‘highlights’ de regates en Youtube no hacen justicia al milagro de su fútbol: el tiempo se ralentizaba, el espacio se dilataba, los rivales se deshacían como los relojes de Salvador Dalí e Iniesta fluía. Siempre con el balón. Las dos cosas más difíciles del fútbol son el gol y tomar siempre la decisión adecuada. Iniesta hizo un arte de lo segundo y, sin embargo, ¡qué dos goles los suyos! 

El fin del equipo de nuestras vidas

Los que crecimos con el Barça pre-Cruyff y después vimos el Dream Team, la Champions de Rijkaard, la obra de Pep y el Barça de Messi, entendemos lo que significa la retirada de Iniesta. Es el final del equipo de nuestras vidas, la estación término, nada será otra vez lo mismo, por mucho que hoy veamos a Lamine Yamal y sintamos que unos rescoldos se avivan. Pero son sombras en la caverna, ningún gol me hace hoy gritar hasta hacer llorar a mi bebé como esa tarde del 6 de mayo de 2009 en Washington, la vez en que celebramos más un gol en semifinales que los que marcamos en la final. 

Xavi, Messi... e Iniesta. Qué grandes fueron todos, pero creedme, el bueno de verdad era Andrés.