De Bilbao a Jerez, sin pasar por Corea

De Bilbao a Jerez, sin pasar por Corea

Josep Lluís Merlos
Circuito de Jerez, España
Circuito de Jerez, España | MotoGP

Hace casi 40 años Bernd Schuster declaró que “volver de San Mamés es como volver de Corea”. Prácticamente al mismo tiempo, mi amigo Odón Martí solía decir: “si alguna de mis hijas me dice que quiere ir al GP de Jerez, le pago un viaje a Cancún para que se olvide del tema”.

Hoy, ni “volver” de Bilbao es como volver de una guerra, ni viajar a la maravillosa ciudad andaluza es hacerlo al infierno. En el pasado, algunos políticos habían fomentado esa especie de “territorio sin ley” en que se convertían las localidades próximas al circuito gaditano los días de la carrera. Afortunadamente, todo está más comedido, y aquel disloque en el que se transformaba la avenida Pedro Domecq con el bochornoso espectáculo de lo que llamaban “la Jaula” ha pasado a la historia.

Ahora, si a uno no se le va la castaña, los máximos riesgos que corren los espectadores que trashuman al GP de España consisten en atragantarse con una espina de pescaíto frito en la terraza de Romerijo. Afortunadamente.

Jerez, el mágico circuito de Jerez, la catedral, volverá a llenarse de color y de esa banda sonora que emerge de las tribunas de Nieto, Peluqui y Crivillé que resuenan con una calidad acústica que ni en el mejor de los auditorios podríamos encontrar. El GP de España de motociclismo volverá a ser único. Y es que, dos años después de que el silencio se apoderara de sus valles y dehesas, los espectadores volverán a pintar de emotividad las tribunas de una instalación que, pese al confinamiento, la pandemia, y otras plagas bíblicas en forma de chanchullos no se la llevó ninguna grúa de allí como aventuró en su día el sultán derrocado de la región: Pedro Pacheco.

Jerez también tiene un color especial. Y sus tonalidades más intensas llegaron de la brocha de esos artesanos del pincel que han sido los pilotos españoles. Este fin de semana la paleta cromática vuelve a estar en manos de nuestros artistas.

Que luzca el color y que brille el sol con más intensidad que nunca. Para que el bueno del Tio Pepe, brazos en jarras, vuelva a desafiar a las nubes con su porte altivo desde lo alto de su colina. Para que el lozano de Baldomero Torres –“speaker de Jeré, servirle a dió y a uté”- vuelva a enardecer a las masas micrófono en ristre. Para que el grande de Jesús Benítez lleve la poesía de sus crónicas donde lo más vacío no era el huecograbado.

Pero, vaya, ni el Tio Pepe, ni Baldomero, ni Jesús ya no están. Ni “La Jaula”. Y puede que ni tan siquiera aquellos tripletes que, por repetitivos, dejaron de ser noticia al convertirse en normalidad. Y no, regresar de Jerez ya no es como “volver de Corea”, ni hace falta que intenten disuadir a nadie con postales de playas paradisíacas para que desistan de ello.

Pero por si acaso, si viajaron hasta ese maravilloso lugar en moto, no se relajen, no se despisten. Porque Jerez es para disfrutarlo. Háganlo, que merece la pena.

Cupra

 

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