Opinión
Bendiciendo La casa de la pradera

La plantilla del Barça por fin regresa al Spotify Camp Nou tras el exilio de Montjuïc / Dani Barbeito / SPO
A estas alturas, ya han descubierto que no estoy muy cuerdo y que se me ocurren cosas muy raras. Este mediodía, almorzando con un insigne directivo barcelonista, que recuerdo perfectamente, pero que, como Miguel de Cervantes, de cuyo nombre no quiero acordarme, me ha venido la imagen de la famosa serie de 'La casa de la pradera' en relación a nuestro Barça, y les aseguro que no sé muy bien, por qué.
Tal vez sea porque, como nosotros los culés, Charles Ingalls, con su deliciosa esposa Caroline (sí, esa mujer impoluta e ideal de humeantes tartas de arándanos que jamás he conseguido encontrar en una pastelería) y sus hijas Mary, Laura y Carrie, huyeron de su hogar contra su voluntad a la búsqueda de tierras más fértiles, con no pocas incertidumbres y mil peligros que superar. Ellos lo consiguieron, y nosotros, el Barça, también. Charles Ingalls y su ejército de mujeres, pasó de los bosques improductivos de Wisconsin a Walnut Grove en Minnesota, mientras que el Barça buscó su pradera en las verdes laderas de Montjuic, de manera circunstancial y transitoria antes de volver a Les Corts.
A los Ingalls, les jodían los Oleson, familia ruín que regentaba el almacén de alimentos, y que no perdonaban un penique, ni fiaban un chelín, aun viéndoles desfallecer, como el FC Barcelona ha sufrido el ayuno forzado del pérfido Javier Tebas. Pero unos y otros nos sobrepusimos a la desgracia, al éxodo y a las dificultades, y conseguimos salir adelante.
Centrándonos ya en el Barça, nuestra casa de la pradera, es decir el estadio Lluís Companys, era tal vez la redención que necesitábamos. Después de tocar fondo tras la segunda y desdichada temporada completa de Xavi Hernández, Montjuïc ha significado la cuna ideal y necesaria en la montaña para que nuestros retoños crecieran altos, sanos y fuertes. Uno se pregunta si la progresión de estos chavales habría sido la misma bajo la presión del colosal e imponente Spotify Camp Nou, y me temo que la respuesta es tan clara como tajante: no.
También nuestra particular casa de la pradera ha dejado aflorar nuestras vergüenzas, comprobándose que somos una afición fiel, sí, pero desgraciadamente, demasiado acomodada, y nos ha costado y de qué manera, subir la colina a dar aliento a los nuestros. La pobreza nos ha enseñado a sobrevivir y ser resolutivos y creativos con poco, y eso, no es poco. La casa de la pradera nos ha hecho emocionalmente más fuertes. No lo duden. Y hemos descubierto una cosa: lo que no puedes hacer, no debe interferir en lo que sí puede conseguir. Y lo hemos conseguido: ¡Volvemos al valle!
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