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Carlos Pérez de Rozas, junto a su hermano Emilio, en la exposición Pérez de Rozas. Crònica gràfica de Barcelona. 1931-1954,

El Barça puro de Carlos Pérez de Rozas

OPINIÓN

Ernest Folch

@ErnestFolch

Es posible que nuestro querido carlos pérez de rozas, al ver ayer la muerte de frente, fuera el primer humano en celebrarla con una de sus habituales exclamaciones: “¡Maravillosa!” “¡Fantástica!” “¡Grande!”. Porque con Carlos todo era siempre más interesante, más apasionado, más divertido y, sobre todo, más positivo. O sea que no hay que descartar que, incluso en el último momento solemne, le estuviera viendo el lado bueno al triste asunto de irse de este mundo, porque no había nada, absolutamente nada, que con él no terminara cayendo del lado bueno. En su épico periplo por el periodismo, en el que dejó una huella indeleble en El Periódico, La Vanguardia, TV3, Mundo Deportivo, 8TV o BTV, se dedicó esencialmente a esparcer su pasión y su amor por esta profesión allá donde iba, da igual dónde y con quién. Desde que tuve la suerte de conocerle en ‘L’hora del pati’ y después en ‘El club’ con Albert Om, tuve el privilegio de coincidir con él en decenas o más bien en centenares de tertulias, en las que lo mejor era sin duda encontrarlo de golpe en una sala de espera o de maquillaje o de producción y, al verlo, sabía que ya había recibido el chute recomendado de alegría para tirar toda la semana. En los últimos años coincidimos a menudo en ‘La portería’ de BTV con Pitu Abril, y al terminar el debate, me obligaba siempre a que aceptara que me llevase en su coche hasta el periódico, y el viaje era su excusa para practicar su deporte favorito: hablar, hablar y hablar. Y fue así como en tantos trayectos fui, casi sin saberlo, otro alumno suyo, y pudo darme su valiosa opinión sobre una portada, una sección o un problema en la redacción. Y, por supuesto, siempre en primer plano, y siempre de fondo en cualquier conversación, el Barça, su Barça. Porque el Barça de Carlos conservó hasta el final toda su pureza, la misma ilusión con que empezó a mirar el fútbol desde niño. Por suerte Carlos no se va sino simplemente se transforma. Los goles de Messi, sin saberlo él, y los artículos de Emilio, sabiéndolo su querido hermano mejor que nadie, llevarán todos algo de su pasión irrefrenable. 

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