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Opinión

Lluís Carrasco

Lluís Carrasco

Colaborador de SPORT.

Ese Barça pijo de abril

Barcelona Open

Barcelona Open / BCN OPEN

Hay una liturgia barcelonesa que se repite con puntualidad cada mes de abril: la sonrisa perfectamente ensayada del Village del Godó por el día y el sollozo doméstico, sin maquillaje, con la Champions en el televisor, por la noche. Una combinación diabólica, dramática si se da lo que últimamente se da: la eliminación europea orquestada por un indecente caballero con silbato e instrucciones desde Nyon.

Abre al mediodía el Village, el único lugar en Barcelona sin salones de uñas ni olor a falafel, donde todo el mundo parece haber firmado un pacto tácito con la felicidad impostada. Allí conviven la última tendencia de gafas impresionantes de Cottet, que relucen como si en lugar de filtrar el sol filtraran la realidad, las cazadoras de CP Company, perfectamente entalladas, que sobreviven estoicamente a conversaciones que no llevan a ningún sitio, salvo al siguiente canapé, y las americanas Hackett, de vistosos ‘pocket squares’ siempre impecables, que hacen lo que pueden para sostener la dignidad estética de un lugar donde el tenis es, con suerte, un ruido de fondo.

Se habla mucho. Se sonríe más. Se exagera todo, y el networking fluye como el cava: fresco, abundante y efervescente. Allí los abrazos no recuerdan el nombre, las risas no recuerdan el chiste y las promesas no recuerdan cumplirse. El Village, en definitiva, es ese teatro donde pocos somos protagonistas y, casi todos, espectadores.

Y entonces refresca. Abril tiene eso. Y llega la noche. La americana, ya en casa, se convierte en pijama roído, ese que jamás pisaría el Village ni con invitación expresa del mismísimo conde. La sonrisa, tan trabajada horas antes, se desmorona frente al televisor como Kounde lo hace ante la carrera de Lookman. Y ahí, en la penumbra del salón, sin fotógrafos ni joyas de Puig Doria, aparece la verdad: el dolor de verte fuera de Europa. Las mismas voces que modulaban carcajadas impostadas ahora mascullan reproches al árbitro, a los cambios o a la falta de pegada.

Y Barcelona vuelve a vivir esa bipolaridad emocional tan suya: el postureo diurno y el drama nocturno. Una ciudad capaz de conjugar, en menos de doce horas, la celebración más social y la tragedia más íntima. Y mientras el tenis sigue su curso educado, puntual y casi irrelevante, nosotros seguimos interpretando este doble papel con una naturalidad que debería preocuparnos… o al menos hacernos pensar.

Porque, al final, quizá el verdadero torneo no se juega en la pista central, sino en la vida de ese tránsito absurdo entre sonrisas y lágrimas. Y va Alcaraz… y se larga. Y casi nadie se enterará.