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El Barça de Flick: suma de instantes

El deporte se explica por el resultado, pero se vuelve eterno por ese momento fugaz que pervive para siempre, inmune al olvido

Barcelona's Lamine Yamal, right, attempts a shot at goal in front of Inter Milan's goalkeeper Yann Sommer, left, and Inter Milan's Federico Dimarco during the Champions League semifinal second leg soccer match between Inter Milan and Barcelona at San Siro stadium in Milan , Italy, Tuesday, May 6, 2025. (AP Photo/Luca Bruno)

Barcelona's Lamine Yamal, right, attempts a shot at goal in front of Inter Milan's goalkeeper Yann Sommer, left, and Inter Milan's Federico Dimarco during the Champions League semifinal second leg soccer match between Inter Milan and Barcelona at San Siro stadium in Milan , Italy, Tuesday, May 6, 2025. (AP Photo/Luca Bruno) / Luca Bruno / AP

El deporte es un instante. Fugaz, irrepetible. El 2025 del Barça tuvo sobre todo dos instantes separados por un suspiro: el disparo al palo de la portería de Yan Sommer de Lamine Yamal y, después, el gol del empate del Inter de Milán. Entre el balón repelido por el poste y el instante en el que Dumfries le quita la pelota a Gerard Martín cupo un multiverso en el que una versión del Barça de Hansi Flick, Pedri, Raphinha y Lamine Yamal se clasificó para jugar la final de la Champions contra el fenomenal PSG de Luis Enrique. ¿Qué hubiese sucedido? El desenlace de un partido como ese pertenece a la ficción. Sabemos cómo terminó la final PSG-Inter (5-0) y el PSG-Madrid del Mundial de Clubes (4-0). También sabemos qué pasó en la final de ese torneo (el 3-0 a favor del Chelsea) y el 1-2 del Barça-PSG en Montjuïc. Pero eso solo son pistas, contexto, vaga inspiración, como la de los asesinatos reales de Charles Manson para Quentin Tarantino en Érase una vez en Hollywood.

Sí podemos saber que habría sido un partido de instantes, de ‘match points’ al filo, porque ese es el Barça de Flick: un cúmulo de instantes. El fuera de juego del adversario por una uña; el regate de Lamine Yamal, que dura lo que tarda en llenar con una finta un espacio que un segundo antes no existía; el control de Pedri, capaz de suspender el tiempo, de expandirlo y comprimirlo, un misterio incluso para los discípulos de Einstein; la explosión del desmarque, la carrera y el disparo de Raphinha, de la nada a la red en un suspiro, un ‘big bang’ de talento físico y futbolístico.

La media hora de Montjuïc

Cuando los instantes se suman, cuando se suceden uno detrás de otro, se convierten en una unidad de tiempo propia, eterna, superior a la suma de sus partes. Sucedió en Montjuïc el 11 de mayo, entre el minuto 14 en el que Mbappé marcó el 0-2 para el Real Madrid y el descanso, que acabó con 4-2. Media hora de instantes, una tormenta de momentos, que en algún lugar del multiverso no termina nunca y se repetirá una y otra vez en bucle hasta el fin. Media hora en la que los blancos no pasaron del centro del campo y el Barça mostró su mejor versión posible. Media hora que, creo, no se recuerda lo suficiente porque sucedió poco después de los dos instantes fatídicos de Milán. Por cierto, ¿alguien recuerda que Mbappé marcó ese día tres goles? ¿Acaso importa?

Sabíamos, a fuerza de ruedas de prensa, retransmisiones de vocabulario agotado y tópicos repetidos, que el fútbol es un juego de detalles. El fútbol del Barça de Flick es un juego de instantes, de latigazos, de acciones al límite que, la mayoría de las ocasiones, se decantan del lado azulgrana, pero que, a veces, ay, pueden acabar con el balón escupido por el larguero o con el delantero en línea por apenas unos centímetros.

¿Qué hubiese sucedido en una final de Champions entre aquel Barça y aquel PSG? En algún estadio del multiverso, en este instante, Dembélé reta a Lamine Yamal, Pedri y Vitinha juegan a esconderse el balón, Raphinha encara a Donnarumma y Doué se mide con el mejor Koundé. Y así hasta el fin, porque el deporte se explica por el resultado, pero se vuelve eterno por ese momento fugaz que pervive para siempre, inmune al olvido.