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El Barça debe demostrar por qué es el favorito

El encuentro de Hansi Flick y Xabi Alonso en el césped antes de la final de la Supercopa de España

RFEF

El Barça tiene la gran ventaja de depender únicamente de sí mismo. Si el equipo de Hansi Flick mantiene el nivel mostrado en las últimas semanas y corrige los despistes defensivos que aún aparecen por momentos, debería imponer su fútbol y llevarse la Supercopa de España a Barcelona sin excesivos sobresaltos. Los azulgranas no necesitan mirar a Mbappé, a los árbitros ni a la mística de las finales: el rendimiento propio es el único factor decisivo.

Eso sí, el fútbol rara vez entiende de lógica y en una final siempre hay espacio para lo inesperado. Un error puntual o un detalle puede cambiarlo todo.

El Real Madrid, en cambio, llega con sensaciones mucho menos sólidas. Las dudas sobre su juego persisten desde el inicio de la temporada, el equipo sigue sin un estilo reconocible y Xabi Alonso continúa en el foco de la crítica. Los blancos viven más de la inspiración individual de sus estrellas que de un funcionamiento colectivo fiable. Una peligrosa dependencia en un partido que exige control, personalidad y continuidad.

En definitiva, un clásico en forma de final nunca es un partido más. Y más aún después de la confirmacion de que las relaciones entre ambos clubes están "totalmente rotas", como confirmó cin complejos el propio Joan Laporta.

Por si no fuera suficiente, conviene no olvidar el regusto amargo que dejó a los azulgranas el último enfrentamiento ante el Madrid. Todo eso alimenta un contexto en el que ganar no solo significa levantar un título, sino marcar el futuro inmediato.

A partir de ahí, el foco está claro: Lamine Yamal llegará al cien por cien, Pedri y Raphinha ya no son aquellos jugadores en fase de recuperación y Joan Garcia ya genera ese respeto que todo gran portero necesita. Con este escenario hay un favorito evidente, aunque el mayor peligro sería creérselo demasiado. La euforia, en este tipo de partidos, suele ser traicionera.

Por eso, no hay margen para la distracción. Hay que competir desde el primer minuto hasta el último, sin concesiones ni bajadas de tensión. Ya lo advertimos y conviene insistir: la Supercopa dejó de ser un título menor hace tiempo. Ganarla refuerza convicciones; perderla deja cicatrices.