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Barça-Cruyff: de una herida ha nacido una flor

OPINIÓN

Toni Frieros

@tfrieros

Les confieso que el pasado martes me llevé una enorme alegría cuando vi en la inauguración de la estatua de Johan Cruyff, en la explanada de tribuna del Camp Nou, a los ex directivos Rafa Yuste y Albert Perrín quien, por cierto, ha superado una delicada operación. Fueron dos hombres de referencia en la junta directiva de Joan Laporta.

Los culés recordarán que los dos, junto a otros compañeros (Godall, Ferrer, Boix, Sala i Martín, Cubells, Castro, Borràs, Oranich, Auset, Macià, Fort, Colomer, Torrent y Bagés), tuvieron que sufrir en sus carnes años de zozobra judicial y ver amenazado su patrimonio como consecuencia de la Acción de Responsabilidad que tiró adelante la junta de Rosell en 2010, por un lado, y, por otro, la demanda por los avales interpuesta por una Asociación de cuyo nombre no quiero acordarme.

También han pasado nueve años desde que Johan Cruyff devolviera al club, nada más llegar Sandro Rosell a la presidencia, la medalla que le reconocía como presidente de honor del FC Barcelona, otorgada por la junta de Laporta antes de expirar su mandato en junio de 2010. Se abrió entonces una cruenta división en el entorno del club, se instaló y se extendió como el aceite en todo el barcelonismo. Nunca en la historia del FC Barcelona hubo tal radicalización de ‘ismos’. Fue una época de difícil convivencia. De “estás conmigo o contra mí”. Ya se sabe que los lobbies son así. En todo.

Deseo de cerrar heridas

Si algo ha caracterizado a la junta directiva presidida por Josep Maria Bartomeu, entre otras señas de identidad, ha sido su sincero deseo de cerrar heridas y carpetas. Es decir, pacificar el entorno y volver a una convivencia normal. Le pese a quien le pese, es así, así ha sido. Barto tiene defectos y carencias como presidente, obviamente, pero él se propuso unir otra vez al barcelonismo y lo ha conseguido.

Él fue quien personalmente, dentro de su junta directiva, decidió no recurrir al Tribunal Supremo la sentencia desfavorable por la Acción de Responsabilidad de 2017. Y también él quien renunció a seguir apoyando la denuncia de los avales, liberando del yugo a los ex directivos, y a sus respectivas familias, que estaban sufriendo aquella injustificable persecución.

Desde su posición, Bartomeu ha hecho todos los esfuerzos posibles para que la relación con Johan Cruyff, su familia y su Fundación fuera fluida y afectuosa. Ahí, el papel jugado por Jordi Cardoner ha sido esencial. Ha tendido manos y ha construidos puentes. De las palabras se ha pasado a los hechos. Dos años y medio después de su muerte, Johan Cruyff ya tiene su estatua en el Camp Nou y un extraordinario campo de fútbol con su nombre que quedará para siempre en la historia del FC Barcelona y en su memoria colectiva.

Unir y no separar

Una lección de vida que nos demuestra que cuando los seres humanos trabajamos para unir y no para separar, cuando existe la férrea voluntad de olvidar agravios y rencillas, somos capaces de sacar lo mejor de nosotros mismos y construir juntos proyectos sólidos y duraderos.

Joan Laporta, por cierto, que estaba en Israel cuando se inaguró la estatua de Johan, ya no podrá decir nunca más que la junta de Bartomeu ha enterrado el legado de Cruyff, su obra. Todo lo contrario. La ha reconocido, la ha homenajeado y la ha convertido en una huella imborrable. No solamente se ha cerrado para siempre una herida. Es que, afortunadamente, no queda cicatriz. En su lugar ha nacido una hermosa flor. Ahora hay que seguir regándola.

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