Opinión

Periodista en SPORT
Con los baberos nos secamos las lágrimas

Lamine lo intentó todo pero no fue suficiente para eliminar al Atlético / Valentí Enrich / SPO
La sobredosis atlética de esta temporada ha sido letal para el Barça. Un equipo que practica un fútbol antiestético y cuyo entrenador es capaz de sacar de quicio al mismísimo Santo Job ha conseguido meterse en unas semifinales de la Champions sin merecerlo. Esto es así, moleste a quien moleste.
En el camino, ha conseguido desquiciar a muchos jugadores azulgrana, ha provocado revisiones imposibles, ha logrado que jugadores como Koke siguieran en el terreno de juego en el partido de ida cuando antes del descanso debía estar en la calle, ha evitado que le pitaran un penalti a Pubill y ayer, otro de Llorente a Olmo al que se sumó un segundo ‘gracias’ a la patada en la cara de Musso a Fermín y una roja a Eric García que, de nuevo, dejaba al FC Barcelona con diez. Todas las jugadas en las que planeaba la duda cayeron del lado contrario al blaugrana. A pesar de todo, ganó en el Metropolitano ante un público que llegó a casa sin uñas y con la ropa arrugada de tanto estrujarla.
El porqué, insisto, está en la calidad futbolística de unos y la que le falta a otros. Con el ‘once’ más joven con el que ha jugado en toda su historia en la Champions, este Barça que sigue construyéndose deleita al que paga una entrada para verle en acción. Quizá no tuvo Pedri su mejor noche ni tampoco Fermín. Quizá no fueron suficientemente contundentes Lewandowski y Rashford cuando saltaron al campo. Quizá la suma de pequeños errores, de ese ‘momentum’ al que se refirió Hansi Flick en la rueda de prensa son los que, sumados a lo que los árbitros dejaron de castigar, han supuesto el adiós de la competición europea.
Llegamos al feudo rojiblanco con los baberos lavados y planchados. Teníamos claro que Lamine Yamal no solo iba a echarse el equipo a su joven espalda sino que iba a deleitarnos con su fútbol y a desquiciar a sus contrarios. Le pidió al Cholo un uno contra uno. Y lo hizo ajustándose unas gafas sin graduación, con la madurez de un cuarentón y la sabiduría de un anciano. Treinta segundos necesitó para marcar el primer gol que enmudeció a los presentes y elevó la moral de la tropa culer. Se podía y casi se pudo. Nadie le negará a este chico implicación, coraje y sentimiento de pertenencia al club. Es extraordinario en el más amplio sentido de la palabra y lo saben todos, los que conviven con él y los que le sufren. A diez minutos del final se multiplicaba y sus compañeros le buscaban. Como siempre. Otra historia que se repite un día tras otro y que, si le respetan las lesiones, tendremos la oportunidad de ver muchos años más. Que solo tiene dieciocho, nunca me canso de recordarlo.
Esta sobredosis atlética, decía, ha llevado al Barça a perder la opción de seguir en dos competiciones. Y tras las dos debacles, el barcelonismo se ha sentido orgulloso de los suyos. Por maravillosos capítulos futbolísticos vividos en 180 minutos y por la entrega absoluta de estos chavales que hace cuatro días iban al colegio y que la única mochila que llevaban era la de los libros y la de la ropa de entrenar. Lloraron tanto ayer como los que se enjugaron las lágrimas con el babero que se ponen para verlos jugar. Lávenlos y llévenlos de nuevo al campo. Queda mucho por babear y por celebrar.
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